Me llamó la atención la forma en que «La verdad oculta» recoge ecos de otras novelas de misterio; para mí, la influencia más clara proviene de «La verdad sobre el caso Harry Quebert» de Joël Dicker. Cuando leí ambas obras noté esa estructura de investigación dentro de una comunidad pequeña, el juego con la verdad y la mentira, y el uso del narrador que cuestiona lo que parece obvio. En «La verdad oculta» se retoma ese pulso: desapariciones, sospechosos que se vuelven víctimas y viceversa, y el ritmo de revelar pistas a cuentagotas.
A nivel estilístico también percibo cómo se adapta la herencia de Dicker al contexto español: los personajes adquieren matices locales, los escenarios y las tensiones sociales se recalibran, y los giros se piensan para un público que conoce otras referencias del noir hispano. No es una traducción literal ni una copia escena por escena; es más bien una reescritura que adopta la columna vertebral temática de «La verdad sobre el caso Harry Quebert» y la viste con acentos, espacios y preocupaciones españolas. Al final, esa mezcla le da a «La verdad oculta» un sabor familiar y, al mismo tiempo, propio, y a mí me dejó con ganas de releer al autor original para comparar las pinceladas.