Bajo el Velo del Pecado
El agua corría con fuerza, pero ningún caudal era suficiente para limpiar la sensación de las manos de Dimitrik sobre su piel.
Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus labios estaban ligeramente hinchados, testimonio de un acto que debería haber sido sagrado y que, en cambio, se sintió como una profanación. Se sentía sucia, no por el acto en sí, sino por la traición a su propio corazón. Cada vez que cerraba los ojos durante el encuentro, la imágen de Lucius la asaltaba, desgarrándola por dentro. Había pronunciado el nombre de su esposo entre suspiros forzados, pero en el silencio de su mente, era el nombre del tío el que gritaba por auxilio.