Hasta el Último Aliento
Un punto para el pétrea de mi jefe
Pero la suerte, el destino que me detesta, el karma, no se a quien culpar, me ha tocado la bendita ventana.
¿Que me queda?, sentarme.
Ya empezó a sudarme las manos.
—¿Señorita está bien? —el jefe me observa.
—Si, es sólo una estúpida fobia...
—¿Tienes miedo? —¿Que parte de «fobia» no entendió?
—Ahh... sólo son seis hora de vuelo, pasa rápido... —me consuelo.
Empezó una turbulencia, Dios, mi cara debe ser de no se que pero el jefe, el condenado ese se está riendo de mí. Idiota.