Tabú: Ataduras y Pecados
Gabriela sintió el deseo subir como una marea alta y peligrosa, amenazando con arrastrarla lejos de toda razón.
—Es prohibido —susurró ella, con la voz temblorosa.
—Prohibido es solo una palabra —respondió Adrian, con una sonrisa de medio lado—. Y, a veces, las cosas más prohibidas son las que valen la pena.
El toque breve se convirtió en un deslizar suave de las yemas de sus dedos por el brazo de ella, y Gabriela sintió la piel erizarse. Sus ojos se encontraron de nuevo, y ella supo, en ese instante, que él estaba leyendo cada vacilación, cada deseo escondido en su mirada.