Mi Dueño Prohibido
Ropa, sexy y costosa.
El cuarto olía a incienso de canela, la cortina dejaba pasar una brisa suave y el ruido de la ciudad se filtraba por la ventana. Tenía el portátil abierto sobre la mesa, una libreta con esquemas y apuntes, y el celular nuevo vibrando con mensajes que no pensaba responder. Desde que acepté el trato con Adrik, mi vida se había vuelto una coreografía meticulosa de movimientos calculados, alianzas falsas y silencios con fecha de caducidad.