MI SEÑOR
¡Cómo demonios se le ocurre!
Alan me miró, cargaba la maleta del señor en una mano, y en la otra, un pequeño sobre dorado, con un sello rojo de cera. ¿Era una carta?
—¡Es un maldito hijo de puta! ¡Maldito traidor! —volvió a maldecir el señor, antes de recorrer furiosamente el vestíbulo con la mirada y dar conmigo.
Al verme, se tranquilizó un poco. Solo lo suficiente para no seguir gritando y acercarse a mí. Al llegar a mí, me sujetó del rostro con una fría mano, tan helada que me estremecí de frio.