La Esposa Que No Amo: Una madre para mi hijo
—Te voy a entregar al diablo —gruño, pero mi risa se escapa, entrecortada, y él me besa la mano, sus labios cálidos, sus dedos entrelazados con los míos.
La enfermera, una mujer con cara de no inmutarse ni con un huracán, entra, revisando el monitor que pita como un reloj descompuesto.
—Estás casi lista, querida —dice, su acento grueso, y yo gimo, echando la cabeza hacia atrás, el dolor como un incendio.
Dante se pone serio, su mano apretando la mía, y murmura:
—Puedes con esto, Serena. Eres más fuerte que cualquiera.