EL ROSTRO DE MI HERMANA.
Me despedí con un gesto brusco, mi voz ronca por la tensión contenida, y salí buscando aire fresco, el salón cerrándose detrás de mí como una jaula.
El aire exterior era fresco, con el viento trayendo el olor de la tierra húmeda y las flores nocturnas del jardín, un contraste bienvenido con el calor opresivo de la gala. Cerré los ojos y me llevé las manos a la cara, presionando las palmas contra mis sienes como si pudiera contener el caos en mi cabeza. "¿Qué me está pasando?", reflexioné, el pulso latiendo con fuerza en mis oídos. No tengo todos mis recuerdos. Hay vacíos. Abismos que me aterrorizaban. Sin embargo, cuando la abrazaba —cuando bailábamos, cuando sus ojos se clavaban en los míos