Bajo Su Piel
Afuera, la noche era fría, pero dentro de mí ardía un fuego imposible de apagar.
En el auto, Dante ajustó el GPS hacia el almacén. El motor rugió, y en cuestión de segundos, el convoy comenzó a moverse. El silencio reinaba, pero era un silencio cargado de promesas.
—Cuando lleguemos —dije, rompiendo la calma—, quiero que rodeen el lugar. Nadie entra ni sale sin mi autorización.
Braxton, en el asiento trasero, revisaba su arma mientras respondía: