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¿Cómo soy tan rico?

¿Cómo soy tan rico?

Ese día, mis padres y mi hermana, que estaban trabajando en el extranjero, de repente me dijeron que yo era un rico de segunda generación con billones de dólares en riqueza.Gerald Crawford: ¿Soy un rico de segunda generación?
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Renacer en el Palacio: La Venganza de Carmen

Renacer en el Palacio: La Venganza de Carmen

La boda con Diego Velázquez, heredero al reino, se vio empañada por la tragedia. María de Mendoza, la hija adoptiva de Lola —la nana que había cuidado a Diego desde niño—, se quitó la vida. La encontraron ahorcada, vestida con un traje de novia. El vino de la boda resbaló de las manos de Diego. Tras un largo silencio, soltó con voz fría, sin una pizca de emoción: —Dale una buena suma de dinero a Lola. Y asegúrate de que María tenga un entierro digno. Y no dijo más. Continuó con la ceremonia como si nada hubiera pasado, como si aquello no le afectara. Cinco años después, la víspera de que Diego ascendiera al trono, recibí la noticia: no podía tener hijos. Me envió a un convento, donde pasaría el resto de mis días, con la condición de no volver a pisar el palacio. Esa misma noche, me mostró una fotografía de María y, sin inmutarse, me dijo: —Cuando ella murió, llevaba mi hijo. Si no fuera por la influencia de tu familia en la corte, dime, ¿cómo habríamos terminado casándonos? ¿Y qué habría sido de María? —Carmen Pimentel, no sirves ni para ser madre. Quédate aquí, reza y paga por tus pecados. Ora por el alma de María y de nuestro hijo. En menos de un año, mi familia Pimentel fue acusada de traición y todos fueron ejecutados. Yo, por mi parte, morí de un infarto, desangrándome por la boca. Cuando volví a abrir los ojos, me encontré de vuelta en el día de mi boda, justo antes de entrar al palacio.
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Sin Salvación

Sin Salvación

Mi esposa profesaba su propia fe y seguía estrictamente sus perceptos, evitaba cualquier tipo de intimidad física. Solo nos permitía estar juntos al decimosexto día de cada mes. Y aun así, todo debía estar bajo su control. Si alguna vez sobrepasaba esos límites, no dudaría en interrumpirlo todo y marcharse. Llevábamos cinco años de casados. Aunque me sentía insatisfecho, la complacía una y otra vez por amor. Me convencí de que, pese a su frialdad, al menos había algo de amor por mí. Hasta que, durante una misión de rescate en un hotel en llamas, descubrí lo equivocado que había estado. Cuando la encontré, mi esposa estaba recostada contra el pecho de otro hombre, y entre los dos había un niño pequeño.
Urbano
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La Mujer que Quemó Su Pasado

La Mujer que Quemó Su Pasado

Durante mi recuperación después del parto, mi esposo, Rubén Gutiérrez, llegó a la casa tambaleándose, borracho perdido. Venía con varios que lo sostenían... y con una mujer. Terminó vomitando por toda la sala, y yo, sin decir una sola palabra, me quedé a su lado cuidándolo toda la noche. Jamás imaginé que, al amanecer, lo primero que saliera de su boca fuera: —Está embarazada. Mejor nos divorciamos. No lloré, no grité. Solo asentí con calma. En otra vida, recuerdo haber corrido desesperada por la calle, con mi hija en brazos. Esa mujer pronto se ganó la fama de "fácil" en el pueblo, y hasta la echaron de su casa. Acorralada, terminó lanzándose al río. Rubén, por sus escándalos, perdió el trabajo. Y aun así, nunca me culpó de nada. Cuando nuestra hija cumplió un mes, Rubén encendió una hoguera enorme en el jardín... y nos quemó vivos: a mí, a la niña y a mis padres. Antes de que todo se apagara, alcancé a ver su cara desfigurada por el odio. —¡Bájense al infierno! —gritó—. Váyanse a acompañar a Mariana. Y entonces, al abrir otra vez los ojos, me encontré de vuelta en el mismo instante exacto en que me dijo que quería divorciarse.
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Un Beso Apasionado

Un Beso Apasionado

Mi nombre es Addison Calder. Durante mi primer celo como mujer lobo adulta, Morgan Flint, de la nada, me dijo que quería terminar. No pude dejar de llorar; y no fue por tener el corazón roto, sino porque el tormento de mi ciclo de apareamiento me estaba consumiendo. Me aferré a su manga y me acerqué a él, intentando calmar la tensión con un beso. Impaciente, Morgan me empujó hacia su hermano mayor, Tucker Flint. —A Addie se le pasaron las copas y está fuera de sí. ¿Me ayudas a calmarla? Mientras Tucker se acercaba, Morgan se inclinó y le dijo en voz baja: —Cuídamela bien. No dejes que se le acerque nadie. Solo voy a terminar con ella por un rato. En cuanto me aburra de divertirme por ahí, regreso con ella. Tucker asintió y me subió con cuidado al auto. —¿Te duele? Abrumada por el dolor, me aferré a su corbata mientras las lágrimas me corrían por la cara. —Por favor… ayúdame. Las pupilas de Tucker se contrajeron y su voz sonó profunda. —¿Y exactamente cómo quieres que te ayude? En un instante, me incliné y pegué mis labios a los suyos. —Bésame… o deja que te bese. Nuestro beso apasionado disipó gran parte de la tensión que me carcomía. Al ver que las orejas de Tucker estaban rojas, volví a tomarlo de la corbata. —¿Me llevas a casa?
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Morí traicionada, renací para destruirlo

Morí traicionada, renací para destruirlo

El mismo día que me tocó dar a luz, la alumna de mi esposo —embarazada y con el orgullo atravesado— decidió largarse sola a escalar la Cordillera de los Andes. Mientras él se la pasaba buscándola sin dormir, como un desesperado, yo estaba en el hospital, desangrándome en un parto complicado que me mandó directo a terapia intensiva. Cuando por fin abrí los ojos, lo primero que vi fue al médico entregándole a mi esposo el parte donde decía que mi vida estaba en riesgo... y él, en vez de acercarse a darme un poco de consuelo, me aventó en la cara los papeles del divorcio. —Camila es mi mejor estudiante —me soltó, serio—. No me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo hace semejante locura. Tú vas a ser mamá, te toca aguantar. En esa vida no firmé. Apenas salí de la sala de partos, me fui directo a la universidad a denunciarlo por la relación que tenía con su alumna. A ella la terminaron sacando del posgrado, y la presión fue tan fuerte que un día se cortó la garganta delante de mí. Cuando él llegó, ya no había nada que hacer: dos vidas se habían ido de golpe. Él no dijo una sola palabra, organizó el entierro y después me trató como si nada hubiera pasado. Yo, ingenua, pensé que por fin la vida iba a darme un respiro. Pero el día que nuestra hija cumplió un año, él le pisó al acelerador y el carro en el que íbamos se fue directo al precipicio. Ese mismo día... se cumplía un año de la muerte de su alumna. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en la sala de partos, justo en el momento en que casi se me iba la vida.
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Turbulencia En Medias De Seda

Turbulencia En Medias De Seda

—Fabi, porfa, ayúdame a descargar unas pelis de esas fuertes, es que me siento muy sola esta noche. Era tarde cuando mi tía Violeta abrió la puerta de mi cuarto. Solo traía puesta lencería muy sensual que dejaba ver sus nenas bien formadas. Justo me la estaba jalando y, del susto, me tapé rápido con la cobija. —Tía, ¿por qué entras así sin tocar? Ella tenía la cara toda roja. —Es que me arde todo de las ganas y el inútil de tu tío ni me toca. Ándale, búscame unas pelis cochinas para que me pueda encargar yo misma. Me toqué el fierro, que ya estaba bien duro, y le dije riéndome: —¿Y si mejor te ayudo yo con eso?
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Entre Traición y Venganza

Entre Traición y Venganza

Mi hija Sofí era una pianista muy reconocida. El día de la final, alguien la encerró en el baño y, confundida, perdió la oportunidad de ganar el campeonato. Revisé las cámaras, descubrí a la culpable y me preparé para denunciar esa trampa. Pero mi esposo Andrés, me detuvo con firmeza. —Es solo una travesura de niños. Si insistes en denunciar a la hermana de Isabel, haré que Sofía ni siquiera obtenga el segundo premio. Temblé de rabia. ¡No podía creer que Andrés fuera capaz de humillar así a su propia hija solo por proteger a la hermana de su secretaria! En ese momento, Sofía me tomó de la mano, aguantando las lágrimas. —Mamá, ya no quiero el campeonato. Y tampoco quiero a papá. Apreté su mano con fuerza. —Está bien. Si tú no lo quieres a él, yo tampoco lo quiero.
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La Contadora Robot: Renuncia y Caída

La Contadora Robot: Renuncia y Caída

En el baño de la oficina, oí a alguien hablando mal de mí. Era la pasante a la que guié durante tres meses. Se quejaba: —Es una vieja bruja sin tacto, como un robot con el cerebro apagado. Yo ya estaba a punto de abrir la puerta para interrumpirlas cuando otra, entre risas, remató: —Faltan papeles. Las facturas no están en regla. Sin la firma del director no se puede pagar. ¡Ya nos sabemos de memoria sus frases de siempre; puro teatro! Cuando se fueron, regresé en silencio a mi oficina. La pasante azotó una pila de solicitudes de reembolso con sus facturas adjuntas sobre mi escritorio. —No vayas a buscar cualquier pretexto para negarles el reembolso otra vez. Eché un vistazo a las facturas falsas y, por primera vez, no las cuestioné. Esta vez, sonreí apenas: —Me duele la cabeza; no logro leer bien la letra.
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Renacimos los dos... y él terminó en la cárcel

Renacimos los dos... y él terminó en la cárcel

El día de la sentencia, mi prometido Diego González me tomó de la mano, sollozando, y me pidió que dejara de defender mi inocencia y firmara un acuerdo de culpabilidad. —Clara, sé que tú no hiciste nada… pero Isabella está esperando un hijo mío. No puedo permitir que ella vaya a la cárcel. Hazlo por tu bien, por favor —suplicó, con lágrimas que le empañaban la mirada. Sin dudarlo ni un instante, firmé el acuerdo. En mi vida anterior me negué a cargar con la culpa de Isabella García y, por eso, no solo terminé tras las rejas: la furia de Diego envió gente a torturarme hasta dejarme estéril. Esta vez me propuse complacerlo. A la mañana siguiente, los noticieros reventaron con la primicia de que yo había robado secretos comerciales de la Corporación López. Para colmo, Isabella se presentó como testigo. —Sí, fue ella; la vi con mis propios ojos infiltrarse en la compañía —declaró ante las cámaras. Pero aquella tarde, cuando inició la audiencia, el demandante Santiago López, director general de la corporación, retiró la acusación. Bajo la mirada atónita de la prensa, sacó un anillo, se arrodilló y me preguntó: —Clara, ¿en esta vida aceptarías casarte conmigo?
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