Suplicando tu perdón
Cuando por fin se detuvo frente al cristal de la sala de neonatos, lo vio.
Allí estaba, diminuto y frágil, dentro de una incubadora que lo protegía como un cofre de cristal.
El corazón de Eugenio se estremeció. Una lágrima, rebelde e incontenible, se deslizó por su mejilla arrugada.
Nunca había conocido a su hija Sienna al nacer, no estuvo ahí para tomarla en brazos.
Con su nieta Melody, la vida también lo privó de ese instante. Pero ahora, la existencia le concedía la oportunidad de contemplar a este nuevo nieto desde el primer respiro.