OBSESIVO
Cuando leía algo que quizás una asistente le enviaba sobre su gigante empresa, y parecía desagradarle, el rostro se tensaba, sus labios se apretaban y los ojos perdían la calidez que a mí siempre me mostraba: como si todo eso fuese ensayado.
Su trato era dulce, protector, pero había algo más. Lo sentía. Algo que no se decía, pero que sentía con mayor fuerza cada día. A veces, al girar la cabeza y sorprenderlo, lo encontraba mirándome fijamente con una expresión que no era dulce. Era fría. Vacía. Y luego, al notar mi mirada, todo en él cambiaba. Me sonreía. Se acercaba y todo volvía a la normalidad. Era entonces, ante esa dualidad que me inquietaba más que cualquier otra cosa, que despertaban