Lobo Oscuro
Se frotó contra su serpiente, en un cadencioso vaiven erótico.
Siebog seguía, con uno de sus pechos en la boca, mortificado por su movimientos. No por mucho tiempo. Sus dos manos aprisionaron sus glúteos y la guiaron para que la punta de su dureza entrara a su cueva, fue despacio, ante la magnitud del desafío de albergar, más bien una anaconda.
—¡Ahh, eres inmenso, demonio!.—Clavo sus uñas en su espalda, mientras este se enterraba. Cuando se acoplo, empezaron los movimientos prohibidos, suaves, gustosos. Después con más fuerza.