Siempre hay un roto para un descosido
Tomo mi bolso y los cuadernillos con la información para la universidad y me despido de mi jefe que aún se le ve complicado por dejarme ir con su cliente, pero le hago el ademán de que lo llamaré por cualquier cosa y me dirijo con el menor de los O’Connor hacia el ascensor.
—Así que la asistente ejecutiva de Thomas Scott— me dice y me queda mirando de pies a cabeza.
—Así es, señor.
—Creo que será todo un gusto trabajar con ustedes.
Reviro los ojos y cuento hasta diez, ¿En qué momento le dije si al gran jefe? creo que nunca, pero ya ni modo, llegamos a los estacionamientos y me indica el Bentley negro al cual nos acercamos, me subo sin esperar a que me abra la puerta y me coloco el cinturón d