Si, papi
Su rostro, habitualmente impenetrable, se quedó completamente en blanco; la dureza de su expresión se desvaneció, reemplazada por una mezcla de estupefacción, asombro y una emoción tan cruda que me dejó petrificada.
Jamás, ni en nuestras peores discusiones ni en nuestros momentos de mayor intimidad, habíamos hablado de la posibilidad de tener un hijo. Jamás cruzó por nuestra mente un escenario como este, especialmente con todo el caos, la diferencia de edad, y el infierno familiar que nos rodeaba.
—¿Embarazo? —logré articular yo, con un hilo de voz, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. Eso... eso no puede ser. Es decir... yo...