เข้าสู่ระบบ¿Qué?
Traté de procesar sus palabras, pero mis ojos se desviaron a su traje negro, impecable, que le quedaba como si hubiera sido hecho a su medida. Y seguro así era. Podía notar su cuerpo tonificado, imponente. Tragué con dificultad. —¿Qué rayos haces aquí? —Mi voz salió como un chillido. —Señor King, llegó justo a tiempo —Intervino Gregory, poniéndose de pie de inmediato. Mis ojos fueron en su dirección, incrédula. Creí haber escuchado mal. —¿Qué está ocurriendo? Sentía que la única que no sabía lo que estaba sucediendo era yo. Se supone que estaba aquí para divorciarme en secreto del hermano de este hombre. Maximilian avanzó a paso confiado, como si el mundo le perteneciera. Sus ojos jamás se apartaron de los míos, petrificándome. Su cabello negro peinado perfectamente hacia atrás. Se sentó del otro lado de la butaca, justo frente a mí. —Siéntate, Gregory —ordenó con voz grave, sin dejar de verme—. Has hecho bien. El abogado obedeció sin dudar. —¿Qué está pasando aquí? —pregunté nuevamente, con la mandíbula apretada. El miedo se mezclaba con la rabia en mi pecho—. Gregory, ¿tú trabajas para él? El abogado tragó saliva, bajando la mirada. No respondió. ¿Desde cuándo? ¿Por qué me delató? Pensé que había sido amable conmigo, pero solo fue interés. Me engañó. Y lo peor era que ya ese sentimiento era tan familiar que me repugnaba. El abogado me engañó. Theodore me engañó con su secretaria. Y Maximilian… me engañó cuando éramos novios, fingiendo que me amaba. —¿Tú planeaste todo esto? ¿Por qué? —Me enfrenté a sus ojos azules, apretando los puños debajo de la mesa. —Intereses en común, Vienna —Escuchar mi nombre salir de sus labios causó que un traicionero escalofrío recorriera mi cuerpo—. Lo único que debe importarte es lo que Gregory ya te explicó sobre el tecnicismo del contrato que firmaste. Tu matrimonio con Theodore tiene fecha de caducidad, porque él solo es el heredero temporal de los King. En cuanto caiga, te divorciarás. Pero solo para convertirte en la esposa del próximo heredero. El oxigeno dejó de circular por mis pulmones. Me estaba diciendo que era como una propiedad, que cambiaría de dueño nada más. Que siempre le pertenecería a los King. No… yo no quería eso. No quería cambiar de carcelero, quería ser libre. Mi vida no era un bien común para repartir. —Mi padre no quiere nombrarme. Pero no le queda otra opción. Theodore es un inútil, un borracho que solo sabe humillar mujeres y gastar dinero. La junta directiva nunca lo ha soportado y por eso presionaron a mi padre para añadir una clausula en el contrato que firmaste —Continuó, sus ojos no se apartaron de los míos—. Dentro de poco, el patriarca se verá obligado a cederme la titularidad del patrimonio. Seré el heredero designado. Las palabras resonaron en mi cabeza como canicas en un salón vacío. —¿Qué cláusula? Maximilian sacó un documento de su chaqueta y lo deslizó sobre la mesa. Lo tomé, las manos temblando contra mi voluntad. Era una copia del contrato prenupcial, con una sección marcada en amarillo. ¿Cómo lo había conseguido? —Lee la cláusula nueve, párrafo tres. Mis ojos recorrieron el papel. "La cónyuge contraerá nupcias con el heredero en turno de la familia King, quedando el vínculo matrimonial sujeto a la designación sucesoria vigente. En caso de cambio de heredero, el matrimonio se disolverá automáticamente y la cónyuge deberá contraer nuevas nupcias con el nuevo heredero dentro de las setenta y dos horas posteriores a la notificación." Y en la parte baja de la hoja, en la esquina, estaba mi firma. El papel se me cayó de las manos. —¿Me estás diciendo...? —La junta directiva quería asegurarse que la fusión de los King y los Harlow se llevará de forma exitosa, hasta su descendencia. Y no lo conseguirían si destituían a Theodore. Al parecer, muchos presentían que eso ocurriría y Pietro terminaría nombrándome su heredero —dijo Maximilian, con una frialdad que me heló la sangre—. Tu matrimonio con Theodore se disolverá automáticamente. Y tú, por contrato, estarás obligada a casarte conmigo. No hay opción. No hay escape. Estabas destinada a pertenecerme desde un principio. La cabeza me dio vueltas. El mundo se tambaleó debajo de mí. —No —susurré, negando con la cabeza—. No puede ser. Yo no firmé para esto. Yo no sabía... —Firmaste —habló con severidad, sin expresión alguna—. Tus padres firmaron. Los King firmaron. Es legal. Es vinculante. Eso es lo peor, que si firmé ese contrato, pero lo hice coaccionada. No lo leí bien… ¡Esto estaba muy mal! ¿Me estaban diciendo que la única forma de divorciarme de Theodore era cansándome con Maximilian? ¿Estaba atrapada con estos hermanos que me despreciaban? —¡Pero no quiero! —grité, golpeando la mesa con el puño— ¡No quiero casarme contigo! ¡No quiero cambiar un yugo por otro! ¡Te odio, Maximilian! ¡Me rompiste el corazón, me dejaste tirada como basura y ahora vienes a reclamarme como si fuera una propiedad que se transfiere! No… Debía estar mintiendo. ¡Debe haber otra forma! No quería estar con él imbécil de Theodore, pero tampoco quería estar con el hombre que me rompió el corazón. «Necesitaba salir de aquí» Sintiendo que mi corazón fallaba, que mis pulmones no funcionaban y que mi cabeza me dolía, usé la poca fuerza que me quedaba en los brazos para empujarme de regreso a la silla de ruedas bajo la atenta mirada de Maximilian, la cual quemaba mi piel. —¿Por qué? —pregunté, con la voz quebrada, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con salir—. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas con tenerme atada a ti? ¿Soy solo un peón en tu guerra contra tu padre? ¿Un trofeo para humillar a Theodore? El contrato resbaló de mi regazo, cayendo al suelo, fuera de mi alcance. Intenté inclinarme, recogerlo, pero no llegaba. Mis dedos rozaban la esquina del documento, pero no llegaban. Nunca llegaban. Esa era mi vida: a un paso de conseguir lo que quería , pero no lo suficiente. Me sentía atrapada en un juego de ajedrez, como un peón. Unos zapatos de cuero italiano entraron en mi campo de visión, pero no me atreví a subir la mirada para que me viera romperme, llorar por él, por el miedo que me daba volver a los brazos del hombre que una vez me destruyó. Porque si Maximilian se proponía ser el heredero de Pietro pese al disgusto desconocido del patriarca, lo conseguiría. Todo lo que se propone, lo consigue. Así es él. De pronto, se agachó, tomando los papeles en el suelo. Su rostro quedó a milímetros del mío. Sus ojos azules eran tan intensos que me nublaba el juicio, observando las lágrimas que se derramaban por mis mejillas. —Nuestros intereses se alinean —Su voz era dura, mecánica, pero sus ojos parecían arder en combustible. Depósito el contrato en mi regazo—. Tú quieres divorciarte de Theodore. Yo quiero arrebatarle el control a mi padre. El contrato ya está escrito. No hay forma de evitarlo. Yo puedo ofrecerte la seguridad que no sientes a su lado. No te humillaré, no te maltrataré. Puedes vivir en mi ala de la mansión, con tus propias habitaciones, tu propia libertad dentro de lo que el contrato permita. —¿Libertad? —Me obligué a sonreír por encima de las lagrimas—. ¿Llamas libertad a ser transferida de un hermano a otro como si fuera un mueble? ¿Crees que eres mejor que él? ¡Eres igual! ¡Los dos me ven como un objeto! —Puedes odiarme todo lo que quieras, Vienna. Pero soy la única puerta que tienes para salir de esa mansión. Las uñas se clavaron en las palmas de mis manos, frustrada. —Encontraré otra forma —dije, con la mandíbula apretada—. No te necesito a ti. No necesito a ningún King. Prefiero pudrirme en esa mansión antes que deberle algo al hombre que me rompió el corazón. Retrocedí, mis manos temblando al manejar mi silla. Salí del club, con el corazón hecho pedazos, sin poder concentrarme en nada a mi alrededor, solo en sus palabras. Para librarme de Theodore, tenía que casarme con él… Ser la esposa del hombre que me rechazó en el pasado, que no me consideró lo suficientemente digna de convertirme en su mujer, pero sí para jugar mi corazón. No podía. Una hora después, estaba de regreso en la mansión. Apenas crucé la puerta principal, un chorro de agua helada cayó sobre mí.••Narra Elliot••Dejé a Maximilian sobre la cama, permitiendo que los doctores se hicieran cargo de él. Me veían con los ojos muy abiertos, espantados por la jeringa vacía que llevaba en la mano. ¿Qué? ¿Tenía que consultar si quería drogarlo? —Encárguense de él, que no salga de la habitación —Les dije al personal médico. Al salir, llamé a mi asistente de confianza. —Quiero que revisen cada cámara de la ciudad. Tenemos la vista parcial de las matrículas de las camionetas —ordené, subiéndome en mi coche—. Necesito que revisen cada semáforo, cada tienda, cada edificio. Si esa camioneta se movió, quiero saberlo. Ahora.Colgué, conduciendo con prisa a la mansión. Necesitaba ver a Bianca. Saber que secuestraron a Vienna provocó recuerdos del día en que Bianca desapareció. No podía dejar que la historia de repitiera. Menos si los King estaban incluido. Tenía que moverme. Tenía que encontrar a Vienna antes de que fuera demasiado tarde.Maximilian no repetiría mi historia. Y Vienna no r
••Narra Vienna•• La mesa del comedor estaba cubierta por un mantel color crema que alguna vez fue blanco, pero que ahora mostraba manchas amarillentas, como si no se hubiera lavado en semanas. La vajilla era la misma de siempre, porcelana fina con detalles dorados, pero los cubiertos estaban opacos y el agua en las jarras tenía un sabor metálico que me obligaba a tragarla con esfuerzo. No había sirvientes. Lo noté desde el primer momento, desde que mi madre me trajo aquella bandeja con galletas de supermercado y té. La mansión Harlow, que siempre había estado llena de personal moviéndose por todas partes, ahora estaba vacía. Las alfombras estaban polvorientas, los muebles cubiertos por una fina capa de suciedad, y las ventanas, que antes brillaban con la luz del sol, ahora estaban opacas por la falta de limpieza. Debieron quedarse sin dinero la misma semana que dejaron de recibir pagos. Ya que ellos no saben invertir, solo derrochar. Jamás imaginé que dos personas pudieran acabar
••Narra Maximilian••Un pitido se adueñó de mis oídos. Uno que reconocía muy bien, por el día en que desperté en el hospital hace casi tres años, después de sobrevivir a las bajas temperaturas del mar abierto y las heridas que me habían infligido en la tortura, desperté de una forma parecida. Era el hospital. Un ardor profundo, punzante, me atravesó el abdomen y se extendió por todo el cuerpo como un incendio. Intenté moverme, pero cada músculo protestó. Mis ojos se abrieron lentamente y el techo blanco del hospital me recibió como una bofetada. —Vienna... —Fue lo primero que salió de mis labios. Lo único que importaba. Sentía la garganta rasposa. Escaneé la habitación rápidamente, en busca de los ojos grises de mi mujer. Pero no estaba. No había nadie. Estaba solo. Cómo en aquel entonces. —¿Vienna? —hablé con un poco más de fuerza, esperando que saliera del baño. Ella estaba bien. Lo sé porque yo la protegí. Porque no me importó desangrarme mientras cubría su pequeño cuerpo c
Abrí los ojos lentamente, sintiendo que el mundo daba vueltas a mi alrededor. Lo primero que vi fue un techo blanco, con una lámpara de cristal que conocía demasiado bien. Las paredes eran de un color crema suave, con cuadros de flores que mi madre había pintado hacía años. El olor... el olor era a lavanda y canela, a la casa donde había crecido. Mi habitación. No la del penthouse. No la de la mansión King. La de la casa de mis padres. —¿Qué...? —susurré, incorporándome lentamente. No entendía lo que ocurría. No entendía esta calma después de haber sido llevada a la fuerza a una camioneta. Acaso… ¿Fue un sueño? Miré mis manos. Estaban vendidas, mis piernas también. Y el dolor fue inmediato, como si el recuerdo de las raspaduras provocará que las heridas volvieran a arder. «¡No fue un sueño! ¡Fue real!» —Maximilian… —El pánico se filtró en mi voz. ¡Me llevaron sin saber cómo estaba él! Pero, ¿cómo terminé aquí? ¿Me rescataron? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Por qué no estab
El caos era absoluto. Los policías corrían de un lado a otro, atendiendo a los heridos, asegurando la zona, gritando órdenes que nadie parecía escuchar. Las sirenas de las ambulancias y los coches patrulla llenaban el aire, mezclándose con los sollozos de la gente. Eran muchos heridos. Más de los que imaginé. Y yo estaba bien. Estaba a salvo, porque Maximilian me protegió. —Maximilian… —susurré, las lágrimas no dejaban de caer. La ambulancia ya se había ido. Se lo habían llevado. Y yo me había quedado atrás, como siempre. Nadie me iba a ayudar. No era prioridad. Estaba sana y sería egoísta de mi parte pedirles atención cuando no me había pasado nada. Otros se desangraba. Debía ser independiente, dejar de representar una carga para todos. Miré a mi alrededor, buscando mi bastón. Hasta que lo vi a unos metros, tirado en el suelo. Me arrastré, sintiendo que las piedras del pavimento rasgaban la piel de mis piernas, mi vestido, mis palmas pero no me detuve. No cuando tenía la sa
Dos oficiales me ayudaron a quitar a Maximilian de encima, acostándolo sobre la acera. Mi abdomen estaba cubierto de sangre, caliente, pegajoso, el olor a óxido reinando el aire. Resistí una arcada. No por la sangre así, sino porque pertenecía a ls persona que amaba. Mi futuro esposo se estaba desangrando, le habían disparado en el abdomen. Los policías comenzaron a gritar órdenes y dos paramédicos se acercaron con una camilla. —Necesitan salvarlo, por favor —supliqué, pero ninguno pareció escucharme. —¡Rápido, está perdiendo mucha sangre! —gritó el policía, dirigiéndose a los paramédicos mientras cubría la herida de Maximilian. La sangre se desbordaban entre sus dedos. Era demasiada… estaba perdiendo tanta sangre. Un sollozo escapó de mi garganta mientras me acercaba, arrastrándome sobre la acera para poder estar a su lado. Sus ojos estaban cerrados, su tez mucho más clara de lo normal. Ver a este hombre tan fuerte y que rezumaba poder, control, en este estado tan vulnerable…







