เข้าสู่ระบบEstimadas lectoras y lectores ¿Cómo ven la platica con Renata?
Adelina Salas había descubierto que existían pocas cosas en la vida capaces de ponerla nerviosa.Había saltado de un avión, subido montañas, se había trepado en un globo aerostático, había recorrido lugares sin pedirle permiso a nadie y, durante años, se había acostumbrado a tomar decisiones con la misma facilidad con la que otras mujeres elegían qué zapatos ponerse.Si algo le gustaba, lo hacía; si quería irse, se iba; si alguien intentaba detenerla, encontraba la manera de pasarle por encima y, si le decían que no podía… Bueno, eso generalmente significaba que tenía que hacerlo.Por eso resultaba ridículo que estuviera parada en medio de una casa enorme, hermosa, perfectamente amueblada y escandalosamente costosa, sintiendo algo muy parecido al miedo.—No me gusta.Patrik la miró atento; estaba sentado en uno de los sillones de la sala, con una pierna cruzada sobre la otra, revisando algo en su teléfono, pero ni siquiera pareció sorprendido; eso solo consiguió irritarla.—¿Escuchast
Esa misma noche, Marina encontró a Efraín en la habitación de los bebés.—Hablé con las dos.—¿Y sobreviviste? —dijo Efraín levantando la mirada.—Apenas.Él sonrió al ver cómo Marina suspiro.—¿Cómo fue?Marina se apoyó contra una de las cunas.—Diferente.—Diana y Renata son diferentes.—Muchísimo, Diana quiere que confíe en ella.—Tiene sentido.—Quiere que deje de decidir antes de escuchar.—También.Marina lo miró casi fulminándole.—No disfrutes demasiado esto.—Estoy completamente serio.—Mentiroso.Efraín rio al ver la reacción de aquella joven mujer.—¿Y Renata?Marina tardó en responder.—Renata tiene miedo de perder su lugar.Efraín asintió.—Es normal.—Sí.Luego de aquello, Marina miró a los bebés y dijo:—Pero creo que con ella es diferente.—¿Cómo?Marina pensó por un momento, recordó todo lo que habían pasado juntas y dijo:—Diana quiere que yo la deje crecer y Renata quiere estar segura de que, aunque todos crezcamos, su lugar nunca se haga más pequeño.—Tampoco es ne
Para Marina, tener una plática al estilo que había tenido con Diana, honestamente, no era algo posible, porque era bien sabido que, aunque se parecían físicamente, desde hacía años le había quedado claro que eran absolutamente diferentes.—¿Puedo entrar? —dijo Marina mientras estaba parada en el umbral de su habitación.Renata levantó la mirada y dijo:—Ya entraste.Marina miró sus propios pies; efectivamente, estaba dentro.—¡Tienes razón!Luego de decir aquello, salió de esta y dijo:—Ahora sí, ¿puedo entrar?—Mamá, ¿qué haces?—Intentando respetar tu espacio.—¡Estás loca! —dijo Renata soltando una carcajada.—¿Puedo?—Sí.Marina entró y miró a su hija.—¿Ahora qué?—Nada.—Entonces…—Quiero platicar contigo.Renata dejó el teléfono.—¿De Efraín?—¿Por qué piensas eso? —preguntó Marina sorprendida.—Porque desde que llegaron los bebés está aquí todo el tiempo.—¿Te molesta?—No. —dijo Renata encogiendo los hombros.—Renata.—¿Qué?—No quiero la respuesta que crees que quiero escuch
Marina había vuelto de descubrir algo durante los primeros días con los bebés; el silencio era sospechoso. Si había silencio, algo estaba sucediendo, pero hoy, hoy curiosamente no pasaba nada.Luego de que los bebés se habían turnado para llorar, finalmente dormían plácidamente en sus cunas; su padre había ido al pueblo, Ofelia había ido al súper y Efraín, él estaba arriba.Las niñas estaban en casa y ella llevaba tiempo mirando una taza de café que apenas había probado.La verdad era que no estaba haciendo nada; miró a las escaleras, quería subir y comprobar que sus chiquitos estuvieran bien, pero eso mismo lo había hecho hacía diez minutos; además, Efraín estaba en la habitación de los bebés.—No necesitan que los mires cada cinco minutos. —se dijo a sí misma como auto regaño.La conversación que había tenido con una de sus hijas seguía dando vueltas en su cabeza; siempre debía preguntarse antes de decidir; no era nada sencillo. Había pasado demasiados años creyendo que ser madre co
Efraín había escuchado solamente el final; no había querido interrumpir. Cuando la niña salió de la cocina, él entró cargando ropa doblada; Marina se limpió rápidamente debajo de los ojos.—No digas nada.—No iba a hacerlo.—Estabas escuchando.—Solo un poco.—¡Efraín!—Vine a guardar esto.—Eso va arriba. —dijo Marina mirando la ropa que llevaba en manos.—Ya sé.—Entonces eres un metiche.—También.Marina rio en lo que Efraín dejó la ropa momentáneamente sobre una silla.—¿Estás bien?—No sé. —dijo luego de pensarlo un momento.Él asintió con la cabeza.—Pero creo que sí.—Eso tiene mucho sentido. —dijo Efraín acercando lentamente su mano a la de Marina. —¿Qué pasó?Marina miró hacia la puerta por donde había salido su hija.—Me dijo que siente que tengo otra familia.—Marina… —dijo Efraín poniéndose serio.—Y no quiero que me digas que no es verdad.—No iba a hacerlo.—Se sintió verdadero. —dijo Marina mirándole con algo pesado en los ojos. —Antes habría intentado convencerla de qu
La niña levantó los ojos sorprendida.—¿Qué?—¡Que tienes razón! —dijo Marina, aunque dolía. —He estado muy concentrada en los bebés.—No dije que estuviera mal.—No, pero no tienes que protegerme de lo que sientes, cariño, tus hermanitos son pequeños, necesitan muchas cosas y probablemente, durante algún tiempo van a necesitar muchísima atención.La niña bajó la mirada, Marina extendió la mano.—Pero… Eso no significa que ustedes dejaron de necesitarme.Renata levanto la mirada y observo a su madre.—Y creo que a veces se me olvida preguntarlo.—Estamos grandes.—Ese es uno de mis problemas. —dijo Marina con algo en su garganta muy parecido a un dolor que ella recordaba del pasado.—¿Cuál? —preguntó la niña con interés.—Que a veces pienso que porque ustedes ya pueden hacer muchas cosas solas significa que ya no me necesitan.—¡Sí te necesitamos! —dijo Renata en voz casi inaudible.—Gracias por decírmelo. —dijo Marina con un enorme nudo en la garganta, ella mejor que nadie conocía aqu







