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Nunca Fui Su Prioridad
Nunca Fui Su Prioridad
Aita Cabrera

Capítulo 1

Aita Cabrera
Cuando volví a casa, la única luz encendida en la sala era la de una lámpara de pie. Nicolás todavía no había regresado.

Sobre la mesa del comedor estaba el arreglo floral que había preparado antes de salir esa mañana. Las rosas blancas de nuestro aniversario ya se habían marchitado; parecían destinadas al funeral de nuestro matrimonio.

Me quedé en la entrada mientras me quitaba los zapatos. Antes, Nicolás decía que reconocía de inmediato mis pasos. Aseguraba que, por tarde que regresara, al oírlos sabía que alguien lo esperaba en casa.

Pero por fin lo entendía: no era a mí a quien quería, sino un hogar con la luz siempre encendida y alguien aguardando su regreso.

En vez de entrar en la cocina, fui directamente al estudio. En el armario del fondo guardaba una carpeta con mis documentos: el pasaporte, mis tarjetas bancarias, el expediente médico de la operación de mi padre y las escrituras del pequeño departamento que me había dejado mi abuela. Nada de eso tenía que ver con Nicolás, pero era lo que más necesitaría cuando lo dejara.

Apenas terminé de guardar los papeles en la carpeta, oí girar la cerradura. Nicolás había vuelto.

Se quitó los zapatos sin apartar la vista del celular. En su rostro se notaba el cansancio de quien acababa de resolver un problema.

—Ya terminamos de acomodar las cosas de Valeria.

Dejó caer las llaves del auto sobre el mueble de la entrada y solo entonces pareció recordar que yo existía.

—¿Ya volviste?

—Sí —murmuré.

Miró hacia el comedor y se detuvo al ver las flores marchitas.

—¿Sigues enojada?

Se aflojó la corbata. Había un dejo de fastidio en su voz cuando continuó:

—Ya te dije que te lo compensaría. Valeria se estaba mudando sola y tenía demasiadas cosas. El esposo de Valeria, que había sido mi profesor, me pidió antes de morir que cuidara de ella. No podía abandonarla.

Cerré la carpeta.

—Claro que puedes cuidarla.

Nicolás alzó la mirada. Tal vez mi tono era tan sereno que no sabía cómo reaccionar.

—Clara, tú antes no eras así.

—¿Y cómo era antes?

—Al menos escuchabas mis explicaciones.

Lo miré. Durante siete años siempre había tenido una explicación para cada promesa rota. El gato de Valeria se había alterado y tenía que llevarlo al veterinario. Una tubería se había roto en casa de Valeria y debía ir a revisarla. A veces Valeria tenía una reacción alérgica o un resfriado; otras, necesitaba mudarse, se le averiaba la cerradura o simplemente pasaba la noche en vela.

Su vida era como una casa con una gotera interminable, y Nicolás siempre era el primero en llegar con la caja de herramientas.

En cambio, yo podía soportar el dolor de estómago. El aniversario se podía celebrar otro día. Durante la cirugía de mi padre, según él, yo podía arreglármelas sola. Y, si no alcanzábamos a llegar antes del cierre del Registro Civil, siempre podíamos volver otro día para casarnos.

Durante mucho tiempo creí que él simplemente tenía un sentido del deber excesivo. Después entendí que ese nunca había sido el problema. El problema era a quién prefería.

Nicolás se acercó e intentó acariciarme el rostro.

—Ya no te enojes. Mañana por la noche reservaré una mesa y te llevaré al restaurante que tanto te gusta.

Me aparté para evitar su caricia. Su mano quedó suspendida en el aire y su expresión se endureció.

—Clara…

—Mañana tengo que salir.

—¿Adónde vas?

—A resolver un asunto.

Frunció el ceño.

—¿Qué asunto puede ser más importante que nuestro aniversario?

Resultaba casi ridículo oír esa pregunta de su boca. No contesté. Guardé la carpeta con los documentos en el fondo de la maleta.

Al ver la maleta, Nicolás comprendió por fin que algo no estaba bien.

—¿Por qué estás empacando?

—Voy a llevarme algunas cosas que son mías.

Observó la maleta durante unos segundos y soltó una risa.

—Ya basta de teatro. Solo quieres que te consienta, ¿verdad? Te dije que te lo compensaría. ¿Qué más quieres? Si todavía estás molesta, hablamos mañana.

Al llegar a la puerta, agregó:

—Por cierto, mañana Valeria tiene una revisión médica. No tienes nada programado por la mañana, ¿verdad? Pasa por ella y llévala a la consulta.

Sin moverme de mi sitio, respondí en voz baja:

—Estaré ocupada.

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  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 8

    Mi padre tardó unos instantes en responder:—Lo importante es que ya lo entiendes.Nicolás entró en la sala. Yo seguí sentada en el sofá. Dejó la carpeta sobre la mesa de centro.—Estos son los documentos para transferirte la propiedad de la casa.Fruncí el ceño.—¿Qué significa esto?—Quiero ponerla a tu nombre.—No la quiero.—Clara, te la debo.Lo miré.—No me debes una casa. Me debes cada momento de estos siete años en que no estuviste a mi lado, y eso no puedes devolvérmelo.—Lo sé, pero ya no sé qué más hacer.—Entonces no hagas nada.Se quedó inmóvil. Continué:—No tienes que compensarme ni intentar aliviar tu culpa demostrándome que estás arrepentido. No me fui para esperar a que te arrepintieras. Solo quería recuperar mi propia vida.Nicolás bajó la cabeza y rompió a llorar. Era la primera vez que lo veía llorar.Antes siempre lo había considerado un hombre sereno, capaz de resolver cualquier problema según el lugar que ocupara en su lista de prioridades. Solo entonces compren

  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 7

    Después de la reunión, regresé a casa de mis padres. Durante el mes siguiente, Nicolás me envió muchos mensajes. Ya no hablaba de Valeria; empezó a hablar del pasado."Encontré la primera agenda que preparaste para mí"."Habías anotado hasta el pronóstico del tiempo de cada uno de mis viajes"."Incluso habías anotado que solía dolerme el estómago después de aterrizar".No respondí.Un día más tarde, envió una fotografía del cajón del estudio. Dentro estaba el pastillero que yo le preparaba, con una etiqueta en cada compartimento.Nicolás añadió:"¿Cómo no me di cuenta de todo lo que hacías por mí?".Miré la fotografía y cerré el chat. Claro que nunca se había dado cuenta. Cuando llegaba a casa, los medicamentos ya estaban organizados, la comida caliente y sus camisas planchadas. Yo hacía todo en silencio, con tanta discreción que él terminó creyendo que las cosas aparecían solas en su lugar.Más adelante, me enteré de que, después de empezar a ponerle límites tras nuestra reunión, Nic

  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 6

    Durante los días siguientes, Nicolás no volvió a casa de mis padres. Elena me informó que por fin estaba dispuesto a revisar el convenio. Viajé de regreso a la ciudad para asistir a la primera reunión de negociación con Nicolás en el despacho. Cuando llegué, Nicolás ya estaba sentado en la sala de juntas con el documento frente a él.Los bordes de las hojas estaban arrugados; debía de haberlas leído muchas veces.Al verme, se puso de pie de inmediato.—Clara.Me senté junto a Elena.—Empecemos.El rostro de Nicolás se tensó.—¿De verdad tienes que tratarme con tanta frialdad?—Estamos aquí para resolver un asunto legal.Elena colocó el inventario de bienes frente a nosotros. Nicolás había comprado la casa antes del matrimonio, de modo que era exclusivamente suya y no formaba parte de los bienes que debíamos repartir. Tampoco pedí los muebles, aunque yo había comprado la mayoría.Solo quería quedarme con mis ahorros personales y mi equipo de trabajo, recibir la parte de nuestros ahorros

  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 5

    Al tercer día, Nicolás llegó a casa de mis padres. Cuando mi madre abrió la puerta, él estaba de pie en el pasillo, con ojeras profundas y la camisa completamente arrugada. Llevaba una bolsa de fruta.Había mangos dentro.Mi madre los vio y su gesto se endureció.—Clara es alérgica al mango. ¿No lo sabías?Nicolás apretó el asa de la bolsa.—Lo olvidé.Mi madre no tomó la bolsa.—No es que lo hayas olvidado; nunca te importó lo suficiente como para recordarlo.Nicolás se quedó en el umbral, sin saber qué decir. Yo estaba sentada en la sala y, al escuchar su voz, sentí una punzada en el pecho.Los hábitos adquiridos en siete años no desaparecen en cuestión de días. Al oír sus pasos, todavía alzaba la mirada por instinto. Aun así, no me levanté.Nicolás me vio desde la puerta y bajó la voz.—Clara, tenemos que hablar.Mi madre intentó impedírselo, pero me puse de pie.—Mamá, estoy bien.No había casi nadie en el pequeño jardín frente al edificio. Nicolás caminó despacio detrás de mí. Ant

  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 4

    Poco antes de que el avión despegara, firmé la última autorización en la sala de embarque, la escaneé con el celular y se la envié a Elena. En cuanto la recibió, me llamó y preguntó:—¿De verdad no quiere esperar a que el señor Ferrer regrese para hablar con él una vez más?Le puse la tapa al bolígrafo.—Ya no voy a esperarlo.—Quizá todavía no comprende que usted se marcha en serio.—Que lo comprenda o no, no cambia mi decisión.El altavoz volvió a anunciar el embarque. Avancé con la maleta mientras el celular vibraba sin cesar en mi mano. Nicolás llamaba una y otra vez, pero no contesté. Luego llegaron sus mensajes:"¿Dónde estás?"."¿Qué significa que hayas sacado tus cosas de la casa?"."¿Qué es ese convenio de divorcio?"."Contesta el celular".Al leerlos, recordé que Nicolás también me había pedido matrimonio en un aeropuerto. Regresaba de un viaje de trabajo y apareció en la zona de llegadas arrastrando su maleta, con un ramo de girasoles casi marchitos entre las manos. Me expli

  • Nunca Fui Su Prioridad   Capítulo 3

    El despacho de abogados quedaba cerca de casa. Después de revisar los documentos que había llevado, la abogada Elena Morales alzó la vista.—Señora Rivas, ¿está segura de que quiere divorciarse?Asentí.—Completamente.—Si el señor Ferrer no está de acuerdo, el proceso podría demorarse.—No importa.Hice una pausa antes de añadir:—No tengo prisa por conseguir su firma.Elena pareció sorprendida. Yo sonreí.—Él siempre da por sentado que voy a esperarlo. Esta vez le tocará esperar a él.Cuando salí del despacho, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras. Recibí un mensaje de Nicolás:"Valeria se desmayó porque se le bajó el azúcar. Me quedaré con ella hasta que termine de recibir el suero".Unos minutos después, envió otro:"Vuelve a casa para cenar. Compré las costillas que te gustan".Contemplé la pantalla en silencio. Siempre hacía lo mismo: primero me hería y luego intentaba consolarme con una cena, como si una compensación bastara para que yo olvidara el daño.Cuando regresé, Nico

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