เข้าสู่ระบบEl frío helado de la sala de ecografía me congelaba las piernas. Apreté la sábana de la camilla con los puños mientras el gel frío resbalaba por mi vientre abultado. Gabriel estaba sentado a mi lado, aferrando mi mano con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.—Doctora, hable claro —dijo Gabriel, rompiendo el silencio del monitor—. ¿Por qué se queda callada?La doctora Vargas suspiró y retiró el transductor de mi piel. Limpió el exceso de gel con una toalla de papel sin mirarnos de frente.—Miren la pantalla, por favor —indicó la doctora, señalando una masa oscura que rodeaba el contorno del útero—. Elena, estás en la semana veinticuatro. El bebé está creciendo rápido, y eso es una buena noticia en circunstancias normales.—¿Pero? —pregunté, sintiendo un nudo opresivo en la garganta.—El tumor también creció —respondió Vargas, cruzándose de brazos—. Y no solo se expandió hacia los lados. Ahora está empujando directamente
—No me mires así, Gabriel... por favor, no me mires así.—¿Cómo te estoy mirando, Elena?—Con lástima. Como si supieras algo que yo no sé.—Te miro con amor. Es la única forma en que sé mirarte.—¡No es verdad! Trajeron más máquinas esta mañana. Escuché a la doctora hablar de plaquetas y de una biopsia.—Te dije que los médicos están haciendo chequeos rutinarios para descartar cualquier cosa.—¡Una biopsia no es un chequeo rutinario, Gabriel! ¡No me trates como a una idiota!—Elena, cálmate, te va a subir la presión otra vez.—¡Mira mis manos! ¡Míralas cómo me tiemblan! Ni siquiera puedo sostener este vaso con agua sin tirar la mitad.—Déjame ayudarte. Dame el vaso.—¡No quiero que me des el vaso! ¡Quiero sostenerlo yo sola! ¡Quiero moverme como antes!—Sostén mi mano entonces. Agárrate de mí.—¡No puedo más, Gabriel... me siento débil, me siento vacía, siento que mi propio cuerpo me está traicionando!—No digas eso. Estás can
Los números en la pantalla de la sala de juntas empezaron a borrarse, sustituidos por un zumbido agudo que me retumbaba en las sienes. Intenté tomar aire, pero los pulmones se me cerraron como dos bolsas de plástico selladas al vacío. Llevé una mano al cuello de mi blusa, jalando el primer botón hasta arrancarlo. —Elena, los gráficos del último trimestre muestran un incremento del doce por ciento —dijo el vicepresidente, señalando el proyector—. ¿Elena? —¡Llamen a una ambulancia! —gritó alguien al fondo. —Abran paso, por favor. Denle espacio —decía otra voz lejana. La puerta doble de la sala de juntas se abrió de golpe, rebotando contra los topes de madera. Los pasos eran rápidos, firmes. Unas manos conocidas me sujetaron por la espalda antes de que mi frente tocara el suelo. —Mírame, Elena. Mírame a los ojos —ordenó Gabriel, inclinándose sobre mí. Tenía la co
—¡Apaga ese televisor ahora mismo, Gabriel! No quiero seguir escuchando las mentiras que dicen de mí. —No voy a apagar nada, Elena. Quiero que escuches exactamente lo que esos canales de chismes están filtrando. —¡Están diciendo que falsifiqué documentos para hundir a la empresa! ¡Que soy una trepadora que te manipuló para subir de puesto! —Que digan lo que quieran hoy, porque mañana a primera hora ningún medio de comunicación se va a atrever a nombrar tu apellido. —¿Qué vas a hacer? No puedes controlar a la prensa entera, Gabriel. Esto ya se salió de las manos. —Puedo y lo voy a hacer. Acabo de convocar a una rueda de prensa ejecutiva en la sede central para dentro de una hora. —¿Una rueda de prensa? Vas a alimentar el fuego. Te van a acorralar con preguntas sobre Ismael, sobre Cecilio y sobre nuestro pasado. —Que pregunten lo que quieran. Les voy a dar una sola respuesta y será definitiva. —
—¿A dónde me llevas, Gabriel? Este no es el camino a mi departamento. —No vas a volver a tu departamento, Elena. —¡¿Cómo que no voy a volver?! Mis cosas están allá, mi ropa, todo. —Tus cosas ya están en camino. A partir de hoy te quedas conmigo. —¡No puedes decidir eso por mí! ¡Detén el auto ahora mismo! —No voy a detener nada. Mira cómo estás temblando, Elena. Apenas puedes sostener el teléfono. —Es por el estrés de la rueda de prensa, nada más. Solamente necesito dormir en mi cama. —En tu departamento estás sola. Si te vuelve a dar un ataque de ahogo como el de la junta, nadie se enteraría. —¡No me va a dar ningún ataque! Sé cuidarme sola, llevo años haciéndolo. —Pues se acabó. Llegamos. —¿Qué es este lugar? Parece una fortaleza... —Es mi residencia privada en las colinas. Aquí la prensa no entra, Ismael no llega y tú vas a estar vigilada. —¿Vigilada?
La tensión en la sala de juntas no se había disipado del todo. Apenas diez minutos después de que Victoria saliera derrotada, la puerta de roble se abrió nuevamente de par en par. El fiscal financiero del Estado, acompañado de dos auditores judiciales y un par de agentes, ingresó al salón con carpetas negras bajo el brazo. —Buenas tardes, señores directivos —anunció el fiscal con voz helada—. Tenemos una orden de inspección inmediata ordenada por el tribunal corporativo. Se ha presentado una denuncia de último minuto por falsificación de balances y retención de activos financieros. Gabriel se puso de pie al instante, interponiéndose entre los funcionarios y la mesa. —¿De qué denuncia me habla, fiscal? —exigió Gabriel con voz firme—. La junta acaba de ratificar mi presidencia y la auditoría externa no encontró ninguna irregularidad. —La denuncia no es de la auditoría externa, señor presidente —intervino







