Frente a la decisión, Ernesto dudó.Mateo, al ver que su padre tardaba en decidirse, entró aún más en pánico.—¡Papá, papá, no me puedes dejar solo! —exclamó—. ¡No quiero ir a la cárcel! ¡Papá, por favor, ayúdame!Ernesto miró con incomodidad a Olivia y a Adrián. Con una actitud de amargura, se dirigió a Mateo.—Ay, hijo... —se lamentó—. En lugar de suplicarme a mí, deberías rogarles a tu hermana y a Adrián. Yo no tengo poder ni dinero, ¿de qué sirve que me pidas ayuda?Mateo siempre había sido la adoración de Eugenia. Al escuchar lo que decía su marido, ella fulminó a Ernesto con la mirada.—Con que firmes ese documento de renuncia voluntaria es más que suficiente, ¿no? —dijo.—Es que... yo no quiero hacerlo por voluntad propia. ¿Qué tiene eso de voluntario? —Ernesto puso los ojos en blanco.—¡Es tu hijo! —le gritó Eugenia, furiosa—. ¡¿Y te vas a quedar cruzado de brazos viéndolo ir a la cárcel?!Ernesto estaba acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo en la casa, así que no iba a p
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