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Historias cortas y novelas de Egoísta Giro Inesperado

Descubre una colección de cautivadoras historias cortas de Egoísta Giro Inesperado, con tramas atrapantes y una narración envolvente. Perfectas para quienes buscan historias de una hora y lecturas rápidas e inmersivas online.
Me Cambiaron por Mi Hermana Muerta - undefined novela & novela
Antonia
El día que cumplí veintidós años, una pantalla de votación apareció primero en los celulares de mis padres. "¿Aceptas intercambiar a Daniela Mendoza por Lucía Mendoza, procedente del mundo paralelo?" Mis padres votaron que sí. Decían que, desde que Lucía murió en aquel accidente cuando yo tenía seis años, yo había ocupado el lugar que le correspondía en la familia y que, por lo tanto, ahora debía devolvérselo. Al final, la pantalla de votación apareció en el celular de Adrián Rivas. Era mi novio desde hacía cinco años y también la persona a la que Lucía le había salvado la vida muchos años atrás. Lo miré fijamente. Me bastaba con que dijera que no para encontrar fuerzas y seguir adelante. Pero, después de guardar silencio durante mucho tiempo, solo dijo: —Esto es solo un intento. Ella me salvó la vida; no puedo negarme a darle esta oportunidad. Un segundo después, pulsó "Sí". "Todos los votantes designados han votado a favor. El intercambio entre Daniela Mendoza y Lucía Mendoza se completará dentro de tres días." Mamá soltó un suspiro de alivio y me acarició la cabeza. —Sé buena, Daniela. Cuando vuelva Lucía, nunca olvidaré lo buena que fuiste. Los miré y, de pronto, sonreí. —Está bien. Ojalá quien regrese sea de verdad la hija que tanto desean.
Dejé de ir tras su vuelo. - undefined novela & novela
Feath
Brandon Smith llevaba ocho años volando. Estuve con él desde que empezó como copiloto hasta que logró ascender a capitán. En el año más ocupado de su carrera, renuncié a mi trabajo y empecé a cocinar según sus horarios de vuelo. Solo una vez le hice una pregunta: —¿Podrías mostrarme algún día cómo se ve todo desde miles de metros de altura? Solo una vez, por favor. Brandon siguió comiendo. —El avión es un lugar de trabajo, no un parque de diversiones para ti. —Está bien —respondí. Desde entonces, nunca volví a mencionarle el tema. Hasta que una noche, mientras sufría de insomnio, encontré por accidente un álbum de fotos oculto y protegido en el teléfono de Brandon. El álbum contenía más de cuarenta fotos, todas tomadas desde su perspectiva como piloto. Había mares de nubes, atardeceres, arcoíris dobles después de una tormenta y hasta la Vía Láctea en el cielo nocturno mientras el avión volaba a miles de metros de altura. Todas las fotos se las envió a la misma persona, guardada bajo un emoji de oso. La más reciente era una foto del hermoso cielo al atardecer, tomada tres días antes. La mitad del sol asomaba entre las nubes. El mensaje que acompañaba la foto decía: "El cielo hoy está tan hermoso como siempre. La próxima vez que vengas, puedes sentarte en el asiento del observador. Desde ahí tendrás el mejor ángulo para ver el cielo". La persona del emoji de oso respondió con un emoji de abrazo y una frase corta: —Espera a que esté de descanso. Volví a dejar el teléfono de Brandon en su sitio, sin cambiar la contraseña ni borrar el álbum. Cuando salió el sol, me preparé un café como de costumbre y me lo tomé en silencio. Después, encendí la computadora y reservé un vuelo a Dalco. Después de ocho años, ya no tenía que perseguir las rutas de vuelo de Brandon ni esperar a que llegara la sus horarios de comida. Tampoco tenía que quedarme en una casa vacía mientras intentaba adivinar hacia qué destino volaba en ese momento. Ya que el cielo de Brandon se negó a aceptar mi presencia, echaría raíces en otro lugar y contemplaría ese atardecer por mi cuenta.
Mi compañero regaló mi vestido. Lo rechacé. - undefined novela & novela
Liora Z
Había estado con Hurley, el heredero de la manada Crescent Claw, durante siete años. Él había insistido en organizarme una gran fiesta de cumpleaños. Pero el día de la fiesta, Hurley le dio a su amiga de la infancia, Rachel, el vestido de un millón de dólares que mi madre había mandado confeccionar especialmente para mí. Lo dijo con toda naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. —El vestido de Rachel se arruinó y no pudimos encontrar un reemplazo a tiempo. Ustedes dos tienen más o menos la misma talla, así que simplemente se lo presté. —Recuerdo que tienes algunos vestidos de repuesto, ¿cierto? ¿Por qué no usas uno de esos esta noche? Pensé en los últimos siete años y en cómo esta no era la primera vez que me hacía quedar en segundo lugar por Rachel. En uno de mis cumpleaños, me regaló un collar barato de un puesto callejero, pero le compró a Rachel un collar de rubíes en una subasta exclusiva. ¿Su excusa? —Eres hija de un Alfa. Ya lo tienes todo. Rachel es diferente. Cuando estaba enferma y tenía fiebre y lo necesitaba, él estaba ocupado consolando a Rachel porque ella tenía miedo a la oscuridad. Me había dicho: —Rachel es frágil y tímida. Me necesita más. Había sucedido una y otra vez. Pero esta vez, finalmente había llegado a mi límite. No quería ni el vestido prestado ni al hombre infiel.
Ahora soy la Alfa - undefined novela & novela
Mora
Antes de cumplir veinticinco años, los ancianos de la manada usaron el enlace mental noventa y nueve veces para obligarme a regresar. Tenía que vincularme con un compañero antes de cumplir veinticinco años o enfrentar un matrimonio arreglado para cumplir con mi deber hacia la manada. Cuando se lo conté a Jacob Fulton, nuestro capitán de patrulla, él simplemente soltó una risita burlona. —Nunca he oído que ninguna manada tenga una regla así. Wendy, no necesitas recurrir a una táctica tan patética para ponerme a prueba. Iba a marcarte, pero al ver lo desesperada que estás, cambié de opinión. Tomó el collar de protección que yo había hecho a mano para él y se lo lanzó a su amiga de la infancia, Yelena Shaw, y se marchó sin siquiera volver la mirada. Yelena se sonrojó mientras me ofrecía el collar de vuelta. Una mirada triunfal brilló en sus ojos. Di un paso atrás y lo rechacé en voz baja. —Puedes quedarte con mi basura. Sin prestar atención a su repentina palidez, me di la vuelta y me alejé. Ya no quería el collar. Y tampoco quería a Jacob. Lo que Jacob no sabía era que yo era la única heredera de la manada Darkmoon. Cuando cumpliera veinticinco años, tendría que regresar para cumplir con mi deber, ocupar mi lugar como Alfa y vincularme con un compañero. Solo que esta vez, no sería Jacob a quien elegiría.
Me Mandaste Lejos Para Estar Con Ella - undefined novela & novela
Leticia Velázquez Morales
Después de pasar cinco años asignada a un proyecto lejos de casa, salí del aeropuerto convencida de que Pablo Alcázar cumpliría su promesa y me pediría matrimonio. Pero me recibió con el rostro impasible. —Perdóname. Antes de que pudiera reaccionar, continuó: —Yo manipulé tu traslado… Te envié a propósito a un proyecto remoto, en una zona desértica de gran altitud del noroeste, para que Verónica y yo pudiéramos estar juntos. Ella estaba embarazada y yo no veía otra salida. Permanecí en silencio, mordiéndome el labio hasta sentir el sabor de la sangre. Cinco años de tormentas de arena, veranos abrasadores, temperaturas invernales de hasta treinta grados bajo cero y jornadas infernales de dieciséis horas. Todo había sido una cárcel diseñada por él. —Eres dominante y agresiva. Temía que le hicieras daño —continuó—. No te lo cuento para que me perdones, sino para que tengas tiempo de calmarte y no armes un escándalo. Su voz estaba cargada de resignación. Retrocedí cuando intentó tocarme y sonreí entre lágrimas. —Pablo, lo nuestro pudo haber terminado con dignidad, pero tú lo convertiste en algo imperdonable.
Me Apostó por Gorda, Ahora Me Suplica - undefined novela & novela
Dolores Lozano
Tres días antes de que comenzaran las clases, Óscar Bernal, mi novio por internet, me dijo que me había usado como apuesta mientras jugaba a los dados con sus amigos y que había perdido contra uno de ellos. Antes de que pudiera reaccionar, me agregó al chat de estudiantes de primer año, donde había más de cien personas. Alguien envió un mensaje: "¡Felicidades, Antonio! ¡Acabas de ganarte una Gordiflaca!" Enseguida publicaron una foto mía de la secundaria. La ropa me quedaba demasiado ajustada y apenas se me veía el cuello. El chat estalló. "¿Qué demonios? Eso no es una novia, es una cerda." "Una apuesta es una apuesta. Mañana Antonio tendrá que hacer con ella los retos de pareja." Al poco tiempo, alguien abrió otra apuesta: querían saber si me atrevería a presentarme la noche siguiente. Mi novio virtual apostó cuatro mil dólares a que no iría. "No me culpes. Tú sacaste el seis y tú te la ganaste." Antonio no dijo una sola palabra. En cambio, Lorena Marín, a quien todos consideraban la chica más bonita del grupo de estudiantes de primer año, me etiquetó: "Vas a venir mañana, ¿verdad?" Miré los mensajes que no dejaban de acumularse y sonreí. Nadie sabía que, para nuestro primer encuentro en persona, había bajado de cien a cincuenta kilos. Tampoco sabían que, en los últimos meses, más personas me habían pedido mi número o mis redes sociales que en los dieciocho años anteriores de mi vida. Sin decir nada, aposté seiscientos dólares a que llegaría puntual. Luego, en medio de las burlas de todos, envié un mensaje: "Una apuesta es una apuesta."
Un juego reveló la traición de mi esposo - undefined novela & novela
Xavier Alegría
En nuestro segundo aniversario, Sebastián Duarte invitó a varios amigos de su tierra a casa para una cena. Después de unas copas, durante un juego, mi mejor amiga, Camila Ferrer, fue la primera en hablar. Lo hizo en guaraní. —Yo sí... pasé toda una noche con uno de los hombres que están aquí, en la cama de su propia novia. Todos alrededor de la mesa estallaron en carcajadas. Sebastián sostuvo su copa con calma y, también en guaraní, respondió con una sonrisa: —Pues yo también... a espaldas de mi novia, me acabé dos cajas de condones con su mejor amiga. Las risas aumentaron todavía más. Camila le dio una patada. —¡Habla más bajo! ¡La tienes sentada justo al lado! Sebastián se volvió hacia mí sonriendo. —Ella es de Santa Lucía. No entiende guaraní. Luego me pellizcó la mejilla con cariño. —¿De qué están hablando? —pregunté en voz baja. —Camila dijo que ya tiene novio y todos se están burlando de ella por eso. Como si nada hubiera pasado, puso un trozo de carne en mi plato. A través de la copa de vino y las luces borrosas, los vi juntos, como si una niebla invisible intentara ocultar la realidad que no quería aceptar. Siempre había creído que Sebastián me conocía bien, pero él nunca imaginó que yo había nacido en Puerto Esmeralda, donde también se hablaba guaraní.
Vi Tu Traición a Través de Tus Ojos - undefined novela & novela
Gemma Zavala
Durante diez años, yo, Fiona Ríos, pude ver el mundo a través de los ojos de Jaime Salazar, mi pareja. Todos los días veía en tiempo real cómo me cuidaba, me consentía y me amaba con locura. Hasta que, de pronto, el sistema emitió una alerta: [¡Advertencia! Tu objetivo vinculado ha dirigido sus sentimientos hacia otra persona.] La imagen que recibía cambió de golpe y vi con claridad los ojos enrojecidos de Natalia Soto. Entonces oí a Jaime susurrarle con una ternura que nunca antes le había oído: —Cariño, ya son las once y media. Ven a la cama conmigo. A través de sus ojos, observé todo con una calma que ni yo misma comprendía. Me quité el anillo de compromiso y marqué aquel número especial que solo podía usar si me encontraba en peligro. —Objetivo confirmado: traición. Al otro lado de la línea guardaron silencio durante unos instantes. —El objetivo todavía puede redimirse. ¿Deseas perdonarlo? Vi cómo Jaime, incapaz de contenerse, besaba la comisura de los labios de aquella mujer. Apreté el teléfono, me obligué a conservar la calma y respondí: —Dentro de tres días, quiero abandonar este cuerpo y volver al mundo real.
La última ronda: Por fin gané yo - undefined novela & novela
Montserrat
En la fiesta de compromiso, mi prometido Juan Pérez propuso jugar durante siete días al "Juego de la palabra prohibida". Cada uno llevaba pegada en la frente una tarjeta con una palabra prohibida que no podía ver. Quien la pronunciara, tendría que aceptar un castigo. Cuando me tocó a mí, María González pidió ponerse mi anillo de compromiso, sentarse en mi lugar de honor y beber la copa nupcial con Juan. Dije "no" tres veces, y las tres veces toda la mesa aplaudió, dando por hecho que había caído en mi palabra prohibida. A la última, María soltó el anillo a propósito y este rodó hasta la torre de copas de champán. Estiré la mano para atajarlo y un vidrio roto me abrió un corte en el brazo. Pero Juan corrió primero a proteger a María, y luego me miró con el ceño fruncido, con la mano llena de sangre. —Es solo un juego. ¿Vas a armar tanto lío que no vas a parar hasta terminar en el hospital? Después de que me cosieran sola, me vi la tarjeta reflejada en el espejo del hospital. No tenía ninguna palabra prohibida escrita. Solo una línea pequeña que decía: "Diga lo que diga, ella pierde." No dije nada. Volví a pegarme la tarjeta tal como estaba. Ellos no lo sabían, pero yo también tenía preparada la última ronda de este juego.
La Maldición de Amarte - undefined novela & novela
Dawn Ether
La noche en que la maldición de amor de Dominic Stone volvió a activarse, él trajo a escondidas a Nina Lowe, su amor de la infancia, hasta Eldon, después de mantenerla oculta en Jenton. Los dos terminaron pasando juntos siete días y siete noches. A diferencia de lo que había hecho en mi vida pasada, no irrumpí en la habitación como una loca para armar un escándalo. En lugar de eso, le cedí mi habitación y hasta preparé con cuidado un banquete para recibirla. Durante la celebración, incluso hice que mi hijo, Devin Stone, llamara «mamá» a Nina. Las conversaciones se detuvieron y el salón quedó en silencio. Nadie podía creer lo mucho que yo había cambiado. Yo me limité a sonreír. Tomé una copa de vino y se la entregué a Dominic con mis manos. —Debería acompañar a Nina durante los próximos días —le sugerí con calma—. Después de todo, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron. Este vino… Dominic no me dejó terminar. Me agarró de la muñeca y me sacó a rastras del salón. —¿Qué estás tramando? —me reclamó con el ceño fruncido—. Ya hablé con Nina. Intentaremos romper la maldición de amor y, de ahora en adelante, nos trataremos como hermanos. ¿Por qué vuelves a sacar el tema? En mi vida pasada había escuchado esas mismas palabras y me las creí sin dudar ni un segundo. Creerle fue el peor error de mi vida. Tiempo después perdí a nuestro segundo bebé y Nina quedó embarazada casi al instante. Cuando le exigí una explicación a Dominic, él mandó a encarcelar a toda mi familia. El día que, desesperada, rogué por ayuda, Dominic y Devin estaban junto a Nina mientras ella rezaba por el bebé que llevaba en el vientre. El día que ejecutaron a mi familia, los dos seguían a su lado, esperando que diera a luz. Yo me arrodillé en la nieve y supliqué que tuvieran piedad, pero nadie se compadeció de mí. Al final, morí congelada frente a nuestra mansión. Todavía recordaba aquel frío. Solo pensarlo hacía que me temblara todo el cuerpo. Aun así, mantuve la sonrisa y le encajé la copa de vino entre las manos. —General Stone, no diga eso —le respondí con una tranquilidad que no sentía—. Es un vino excelente. Debería probarlo.
Morí el día que intentó volver - undefined novela & novela
Golden Cicada
Tiempo atrás, le hice una promesa a la actriz más cotizada de la industria: si le pedía matrimonio públicamente noventa y nueve veces durante mis transmisiones en vivo, cuando lo hiciera por centésima vez, ella haría oficial nuestra relación. Sin embargo, cuando llegó el momento de mi propuesta de matrimonio número cien, ella estaba en un yate privado, besándose con un actor en ascenso. Sonreía con dulzura, completamente despreocupada. Así fue como terminé convertido en el hazmerreír de todos. Quizá por culpa, me envió un mensaje: «En tu propuesta número 101, te diré que sí». Poco después, se unió a mi transmisión en vivo. Parecía una diosa bajada del cielo. Pero, ante sus propios ojos, prendí fuego a las cien cartas de amor que le había escrito a lo largo de todos esos años, junto con el diagnóstico de cáncer de estómago que guardaba en la caja. —No habrá una propuesta número ciento uno, señorita Ford.
Cuando Dejé de Esperarte - undefined novela & novela
Luz Reyes
Mi prometido, Martín Salazar, tenía una regla extraña: después de las nueve de la noche no contestaba ninguna llamada. Ni siquiera hacía excepciones cuando estábamos en la etapa más apasionada de nuestra relación. En cuanto daban las nueve, colgaba sin contemplaciones. Una vez regresé tarde a casa y noté que un hombre me seguía. Presa del pánico, lo llamé, pero solo obtuve una respuesta cargada de impaciencia: —¿No puedes respetar mi horario de descanso? Voy a colgar. Aquella noche tuve que ir sola a la comisaría a presentar la denuncia y, aun así, sentí que no tenía derecho a reprocharle nada. Sin embargo, un día, mientras usaba su computadora, vi por casualidad en el registro de llamadas sincronizado con su celular una llamada que había comenzado a las nueve de la noche y terminado a las nueve de la mañana siguiente. Doce horas completas. Y no era un caso aislado: había registros similares casi todas las noches durante los últimos cinco años. Conocía muy bien ese número. Pertenecía a Lilia Robles, una estudiante de posgrado cuya directora de tesis era la madre de Martín y que, además, trabajaba como asistente de Martín. En ese instante, me quedé sin fuerzas. Permanecí sentada tanto tiempo que las piernas se me entumecieron. Después cerré la computadora en silencio y cancelé nuestra cita de matrimonio en el Registro Civil. Yo nunca había sido esa excepción. Y ya no estaba dispuesta a seguir esperándolo.
Ellos la Eligieron, Yo Elegí Irme - undefined novela & novela
Andrea Carolina González
En la fiesta de graduación, los cinco amigos de siempre jugamos a ver qué tan bien nos conocíamos. En la primera ronda, mi mejor amiga, Valeria Ríos, les preguntó a los tres chicos: —Si Clara y yo necesitáramos ayuda al mismo tiempo en plena noche, ¿a cuál de las dos rescatarían primero? Mis tres amigos inseparables de la infancia escribieron el nombre de Valeria sin haberse puesto de acuerdo. Alguien comentó entre risas que los tres estaban perfectamente sincronizados. Valeria explicó: —Tal vez sea porque yo soy la más miedosa. Clara es tan capaz que no necesita que nadie vaya a rescatarla. Los tres asintieron. Pero habían olvidado que, cuando yo tenía dieciséis años y quedé atrapada en la montaña, ellos me encontraron en medio de una tormenta y hasta discutieron por quién me cargaría durante el descenso. En aquel entonces, los tres me prometieron: —Pase lo que pase, siempre te elegiremos primero. En la segunda ronda me tocó hacer la pregunta. Los miré y leí la tarjeta con una sonrisa: —Si solo cuatro de nosotros pudiéramos ir juntos a la universidad, ¿a quién dejarían fuera? El salón quedó en absoluto silencio. Valeria se mordió el labio y fue la primera en mostrar su tarjeta de respuesta. Había escrito su propio nombre. Sin embargo, cuando los otros tres mostraron sus tarjetas, en todas aparecía mi nombre. Sebastián Vega, quien siempre había sido el más protector conmigo, habló primero: —Es solo un juego. No te lo vas a tomar en serio, ¿verdad? Mateo Lozano se apresuró a explicarse: —Valeria sufre ataques de ansiedad cuando está sola. No puede irse sin compañía a una ciudad desconocida. Gabriel Castro me acarició el cabello con la dulzura de siempre. —De todos modos, tú también elegiste una universidad de aquí. Aunque al final fueras tú quien se quedara, podrías volver a casa todos los días. No sería como abandonarte. Contemplé las cuatro tarjetas y, de pronto, también sonreí. Lo que ellos ignoraban era que yo jamás había pensado postularme a la universidad local que ellos habían escogido para mí.
Entregué Mi Vida a Mi Hermano - undefined novela & novela
Wayne Wyeth
Desde que nací, mis padres me mantuvieron conectado a un Sistema de Transferencia de Dolor. Por culpa de esa cosa, crecí con el cuerpo cubierto de cicatrices. Mi hermano mayor, Dylan Jeater, tenía albinismo e hidroa vacciniforme. Su enfermedad era tan grave que no podía exponerse a la luz. Los médicos aseguraron que solo viviría hasta los dieciséis años. Pero Dylan siempre había sido muy travieso. Se escapaba de casa para jugar afuera y, con el tiempo, las llagas terminaron cubriéndole el cuerpo. Mi padre, Robert Jeater, trabajó día y noche hasta reunir el dinero necesario. Después pagó una fortuna por dos brazaletes del Sistema de Transferencia del Dolor: uno para Dylan y otro para mí. Durante seis años, cada vez que mi hermano se exponía al sol, todo su dolor pasaba a mi cuerpo. Mi madre, May Jeater, solía abrazarme con cariño mientras me curaba las heridas. —Chester, perdóname —me pedía con dulzura—. Solo quiero que Dylan sea feliz durante el tiempo que le queda. Espero que puedas entenderlo. En la víspera de Año Nuevo, mis padres llevaron a Dylan a pasear. Aquel día el sol pegaba con fuerza. Apenas salimos de casa, me aparecieron ampollas por todo el cuerpo. El dolor fue tan intenso que no pude contener un grito. Dylan se arrancó el brazalete y empezó a llorar. —¿Te duele? ¡Está bien! Si tanto te duele, desactiva la transferencia y déjame morir del dolor —me gritó entre sollozos—. De todos modos, solo viviré hasta los dieciséis. Voy a morir tarde o temprano. Sin la protección del brazalete, su cuerpo sufrió quemaduras graves y perdió el conocimiento. Mamá me empujó con tanta fuerza que caí al suelo. —¡Dylan soportó todos esos años sin quejarse ni una sola vez! —me gritó, cegada por la rabia—. ¡Tú solo llevas seis años cargando con su dolor y ya no aguantas! ¡Él solo vivirá hasta los dieciséis! ¡¿Acaso está mal querer que sea feliz durante los pocos años que le quedan?! Papá cargó a Dylan en brazos. —Tampoco quiero verte sufrir —aseguró sin mirarme—, pero el dolor solo puede transferirse entre hermanos biológicos. Después, los dos corrieron con Dylan al hospital. Cuando se fueron, recogí del suelo el brazalete que mi hermano había tirado. Lo sostuve entre las manos y, en ese momento, el mío vibró en mi muñeca. Bajé la mirada. La pantalla se había encendido y mostraba un mensaje: «¿Desea transferir los años de vida que le quedan al usuario vinculado?». Sin dudarlo, presioné «Confirmar».
Le di diez años. Luego le quité todo. - undefined novela & novela
Michelle
Diez años después de casarme con un miembro de la familia Falcone como novia sustituta, mi hermana finalmente regresó. Fue ella quien rompió el compromiso y se pasó la última década viajando por el mundo. En su primera noche de vuelta, besó a Marco Falcone frente a toda la familia y luego se acercó a mí con la misma sonrisa inocente de aquel entonces. —Ya estoy de regreso —dijo—. Ya no tienes que hacerte pasar por mí, Ginevra. Estoy en casa. Todos pensaban que había vuelto para recuperar a Marco. Pero esos diez años me pertenecían. Fui yo quien permaneció a su lado durante los intentos de asesinato y el colapso de las alianzas. Fui yo quien lo ayudó a ascender hasta la cima de la familia. Perdí a dos hijos y casi perdí la vida a manos de nuestros enemigos. Mientras ella disfrutaba de su libertad, yo sostenía su imperio con mi propia sangre. Ella no había sacrificado nada y ahora pretendía arrebatarme todo. No discutí. Simplemente miré al hombre que alguna vez me sostuvo entre sus brazos y me prometió que nunca permitiría que sufriera de nuevo. Yo también quería descubrirlo. Esta vez quería ver a quién elegía Marco Falcone: al primer amor que se marchó hace una década o a la esposa que sangró a su lado durante diez años.
Prefirieron a mi hermana, y se arrepienten - undefined novela & novela
Madam Fenghuo
El día en que la familia dividió sus negocios, todo cambió. Todos se reunieron alrededor de mi hermana gemela para ayudarla a elegir. Mi hermano tenía los ojos puestos en las operaciones portuarias de Cagliari. —Por supuesto que deberíamos ir primero a Cagliari. También tengo un club allí, así que puedo ayudarte. Umberto le ofreció el control de su red médica. —Ven a trabajar conmigo en el sector de la salud. Te enseñaré cómo funciona y, en dos años, tendremos el dinero de la familia circulando por negocios legítimos. Ellos discutieron de un lado a otro hasta que mis padres se rieron de la escena. —Beth, con ellos ayudándote, podemos estar tranquilos. Encargarte de los asuntos de la familia te queda perfecto. Yo permanecí a un lado, observándolos con los puños apretados. Nadie parecía darse cuenta de que mi hermana y yo acabábamos de terminar nuestros estudios en el extranjero. Umberto se acercó y me revolvió el cabello. —Adele, todavía tienes mucho que aprender. Cuando Beth haya tomado su decisión, solo tienes que seguirnos. Mi hermano añadió despreocupadamente: —Solo busca un trabajo que te permita pagar tus cuentas. Déjanos los negocios de la familia a nosotros. No dije nada. Sentía que el corazón me latía con fuerza. Siempre había sido así. Incluso cuando éramos pequeñas y repartían dulces, mi hermana siempre recibía el más grande y llamativo. Mi hermano le quitaba el envoltorio y Umberto corría a llevárselo a la boca. Yo era la que terminaba tirando el envoltorio. Nunca me tocaba ni una migaja. A estas alturas, ya debería estar acostumbrada. Como a ninguno de ellos le importaba, ya no iba a seguirles el juego. Reservé un vuelo al lugar más lejano que pude encontrar. Desde ese día, fuimos unos desconocidos. Como si nunca nos hubiéramos conocido.
El Día de Mi Boda, Se Casó con Otra - undefined novela & novela
Margarita Juárez
El día de mi boda, el auto que debía llevarme a la ceremonia me dejó frente al acceso de servicio del salón, justo al lado de los contenedores de basura. Víctor Méndez me abrió la puerta del auto y me dio una orden con la naturalidad de siempre: —Entra por la puerta de servicio. Yo llevaré a Leonor por la entrada principal para que nuestros compañeros no sospechen nada. Sin esperar mi respuesta, se marchó con Leonor Rivera y me dejó sola, sujetándome la falda en medio del agua sucia. Era la nonagésima novena vez que Víctor me abandonaba con la excusa de evitar sospechas. Llevábamos ocho años manteniendo nuestra relación en secreto. Según él, un romance en la oficina dañaría mi reputación, así que siempre utilizaba a Leonor, su amiga, como tapadera. Durante una actividad de integración de la empresa, la llevó en el asiento del copiloto mientras yo pasaba diez horas en autobús. Cuando por fin llegué, ellos ya estaban a punto de regresar. Cuando nuestro proyecto tuvo éxito, ascendió a Leonor, que formaba parte de mi equipo, mientras que yo, pese a ser la empleada con más experiencia, acabé siendo su subordinada. Hasta en las invitaciones de mi propia boda figuraba el nombre de Leonor en lugar del mío. Después de ocho años a su lado, Víctor seguía sin reconocerme como su pareja ni darme un lugar en su vida. Creí que de verdad lo hacía por mi bien. Pero cuando atravesé corriendo aquel pasillo inmundo y entré al salón cinco minutos antes de la hora prevista, descubrí que la ceremonia ya había comenzado: Víctor abrazaba a Leonor, que ocupaba mi lugar frente al altar. Los dos dijeron "Sí, acepto" al mismo tiempo y nuestros compañeros estallaron en vítores. —¡Felicidades! En ese instante lo entendí. Durante ocho años, la única persona con la que Víctor había querido mantener las distancias era yo. Así que le concedería su deseo: me apartaría para siempre de aquella farsa y de los favoritismos que ya ni siquiera se molestaba en ocultar. La música volvió a sonar y el maestro de ceremonias anunció el intercambio de anillos. Al verme, Víctor se giró con cierta incomodidad y, aprovechando que todas las miradas estaban puestas en Leonor, intentó ponerme el anillo a escondidas. Yo sonreí y retiré la mano antes de que pudiera hacerlo. —Ya no hace falta que disimulen. Felicidades.
Antes de casarme, desperté - undefined novela & novela
Día de Lluvia
Durante el ensayo de la boda, nos pidió por tercera vez que repitiéramos el intercambio de anillos. Mi mejor amiga, Mariana, estaba a mi lado como dama de honor y, con una sonrisa traviesa, dijo: —A ver quién encuentra el anillo. ¿Dónde creen que lo escondí? Mi prometido, Nicolás, sonrió con resignación y empezó a decir dónde creía que podía estar. Yo, empapada en sudor, no podía apartar la vista de la caja vacía. Era otra vez el mismo jueguito de siempre. Cuando éramos niños, Mariana había escondido mi bufanda en el cuarto de calderas y Nicolás se había puesto de su lado, sin decirme una sola palabra. Pasé cuatro horas buscándola y, al final, lo único que encontré fue un pedazo quemado entre las cenizas. Antes del examen de admisión a la universidad, escondió mi credencial en la caseta del perro. Me arrodillé en el suelo para buscarla mientras Mariana me grababa y mandaba el video al grupo de la clase, riéndose de lo desesperada que estaba. Durante años pensé que, si seguía aguantando, algún día terminaría acostumbrándome. Pero ahora por fin lo entendía: ellos nunca iban a saber cuándo parar. —¿Podemos dejar de hacer esto? —pregunté con la voz temblorosa. Nicolás frunció el ceño. —Luci, es solo un juego. —Sí, siempre haces lo mismo. Nos arruinas la diversión —dijo Mariana, molesta. Los dos siguieron riéndose y hablando entre ellos como si yo ni siquiera estuviera ahí. Al poco rato ya estaban decidiendo qué iban a comer esa noche, como si el anillo hubiera dejado de importarles. Los miré un momento y me quité el velo. Ya no quería seguir buscando el anillo. Tampoco quería casarme.
Renací por la venganza de mi bebé - undefined novela & novela
Peachy
Llevé a mi hijo recién nacido al complejo de la mafia de mi esposo para su bautizo, donde Bianca, su sobrina de diez años —la pequeña princesa mimada de la familia—, empujó el cochecito directamente hacia la zona más profunda de la piscina. Mi hijo se hundió hasta el fondo, mientras el tintineo de las copas de champán ahogó sus últimos intentos por sobrevivir. Me lancé al agua como una loca, pero no pude hacer más que sacar un cuerpecito frío, ya sin vida. Como Bianca era «sangre de la familia», el asesinato fue considerado un trágico accidente y mi suegro, el Don, me entregó una tarjeta negra sin límite a modo de «compensación» Pero yo no quería dinero. Quería a mi hijo. ¡Quería a mi Nico! Caí de rodillas y le supliqué a mi esposo, Matteo, que vengara a nuestro bebé. Pero él se limitó a abrazar a su sobrina, que lloraba con fingido desconsuelo, y me miró con unos ojos sin vida. —Mandy, ella solo es una niña. ¿Vas a destruir una vida por un error? Al negarme mi venganza, me consumí lentamente en nuestro ático durante aquel largo invierno, muriendo como una mujer destrozada. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día del bautizo. El brazo de mi esposo rodeaba mi cintura y sus besos ardientes recorrían mi cuello. —Nuestro niño recibirá la bendición del sacerdote hoy. Lo aparté de inmediato y llamé a mis guardaespaldas personales, a quienes les ordené que llevaran a mi hijo, sano y salvo, a la finca de mi familia. Pero más tarde, ese mismo día, un pequeño cuerpo volvía a flotar en la piscina.
El Secreto de la Capilla Maldita - undefined novela & novela
Saraí Fuentes
En nuestro pueblo había una antigua capilla. Según la tradición, antes de casarse, cada mujer debía llevar allí a su novio para que rezara y pidiera la bendición. Si salía sano y salvo, significaba que la pareja sería feliz para siempre. Mis dos hermanas adoptivas se casaron a los veinte años. Yo, en cambio, ya tenía treinta y seguía soltera, porque todos mis novios terminaban conmigo después de entrar en la capilla. Algunos incluso intentaban matarme. Mi nuevo novio estaba indignado por las supersticiones del pueblo e insistió en entrar. Pero cuando mi padre, que era el alcalde, lo sacó de allí, mi novio me tiró al suelo e intentó estrangularme. No lo entendía. ¿Qué había dentro de aquella capilla para que todos cambiaran de esa manera? Y si mi padre sabía lo que ocurriría, ¿por qué seguía obligándome a llevar allí a todos mis novios?
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