Gemma
Durante un año, creí que Matteo De Luca de verdad se había enamorado de mí.
Lo nuestro comenzó como una alianza entre familias, pero pronto dejó de sentirse como un simple contrato. Por las noches me rodeaba con sus brazos, me besaba antes de las reuniones del consejo y colocaba en mi cuello el broche de la Donna como si mi lugar siempre hubiera estado a su lado.
Entonces Vanessa Ashford, su primer amor, regresó a Nueva York.
En cuestión de días, nuestra ceremonia oficial quedó aplazada, ella recibió acceso al ala de la Donna y Matteo dejó de usar el anillo con el emblema de los De Luca, el mismo que jamás se quitaba frente a la familia.
Aseguró que todo se debía a asuntos del consejo. Pero los asuntos del consejo no dejaban perfume de ámbar sobre su piel.
Tampoco viajaban con él en un avión privado rumbo a Palm Beach ni sonreían desde la silla de la Donna mientras todos observaban cómo otra mujer ocupaba mi lugar.
La humillación que terminó de romperme llegó durante una cena privada, cuando alguien preguntó si yo era la esposa de Matteo.
Él me miró.
—Elena y yo tenemos un acuerdo —respondió con indiferencia.
Aquella noche dejé de esperar que me eligiera.
Matteo podía quedarse con su primer amor, con su título y con el hogar al que él mismo la había dejado entrar.
Yo guardé mi pasaporte, el contrato de trabajo en Florencia y el informe prenatal que jamás había llegado a mostrarle.
Después abandoné Nueva York. Y me llevé conmigo al heredero de los De Luca.