Ronaldo
Me llamo Rebeca Gallegos. Desde niña supe que era diferente; otras mujeres solo tienen un conducto, pero yo nací con dos, y cada uno es muy estrecho.
Según me dijeron, mi mamá esperaba gemelas, pero durante el embarazo ocurrió una mutación genética; mi hermana murió en el vientre y yo absorbí esa parte de ella, además de todas sus hormonas femeninas.
Por eso mi deseo es mucho más intenso que el de otras mujeres; en la adolescencia, pasaba hasta cuatro horas seguidas con un juguetito y todavía me quedaba con ganas de más.
Al principio hasta me sentía orgullosa y pensaba que un novio adoraría y consentiría con locura a una joya de mujer como yo.
Sin embargo, tuve cinco novios seguidos y todos, al momento de llegar a la intimidad, se asustaron con lo que tenía bajo la ropa y huyeron despavoridos. Me llamaron monstruo y dijeron que tenían miedo de que me los tragara.
Por fin comprendí que lo mío tal vez no era ser diferente, sino una enfermedad. Pero cuando fui al hospital, lejos de curarme, descubrieron que era ninfómana. Me puse a llorar.
¿Por qué una mujer monstruosa como yo tenía que padecer una enfermedad así?
Pero no tenía tiempo para lamentarme, porque la ninfomanía me atormentaba tanto que no me dejaba ni comer ni dormir.
No me quedó más remedio que comprar por internet un set de juguetitos del tamaño más grande. En apenas quince días los rompí todos de tanto usarlos, y mi ninfomanía pasó de un cuadro leve a uno grave.
Los juguetes no servían de nada; estaba claro que tendría que buscar a un hombre. Pero ya no me hacía ilusiones de conseguir novio; con tal de sentirme mejor, me bastaba cualquiera. Me registré en una aplicación de encuentros casuales con el nombre de “Golosa Doble”.
Como era la chica más linda de la universidad, mi atractivo saltaba a la vista y tenía un cuerpo con curvas de infarto, así que montones de tipos se abalanzaron sobre mí como perros cachondos.
Al final elegí a un obrero de abdominales marcados...