Dawn Ether
La noche en que la maldición de amor de Dominic Stone volvió a activarse, él trajo a escondidas a Nina Lowe, su amor de la infancia, hasta Eldon, después de mantenerla oculta en Jenton. Los dos terminaron pasando juntos siete días y siete noches.
A diferencia de lo que había hecho en mi vida pasada, no irrumpí en la habitación como una loca para armar un escándalo. En lugar de eso, le cedí mi habitación y hasta preparé con cuidado un banquete para recibirla.
Durante la celebración, incluso hice que mi hijo, Devin Stone, llamara «mamá» a Nina.
Las conversaciones se detuvieron y el salón quedó en silencio. Nadie podía creer lo mucho que yo había cambiado.
Yo me limité a sonreír. Tomé una copa de vino y se la entregué a Dominic con mis manos.
—Debería acompañar a Nina durante los próximos días —le sugerí con calma—. Después de todo, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron. Este vino…
Dominic no me dejó terminar. Me agarró de la muñeca y me sacó a rastras del salón.
—¿Qué estás tramando? —me reclamó con el ceño fruncido—. Ya hablé con Nina. Intentaremos romper la maldición de amor y, de ahora en adelante, nos trataremos como hermanos. ¿Por qué vuelves a sacar el tema?
En mi vida pasada había escuchado esas mismas palabras y me las creí sin dudar ni un segundo.
Creerle fue el peor error de mi vida.
Tiempo después perdí a nuestro segundo bebé y Nina quedó embarazada casi al instante. Cuando le exigí una explicación a Dominic, él mandó a encarcelar a toda mi familia.
El día que, desesperada, rogué por ayuda, Dominic y Devin estaban junto a Nina mientras ella rezaba por el bebé que llevaba en el vientre.
El día que ejecutaron a mi familia, los dos seguían a su lado, esperando que diera a luz.
Yo me arrodillé en la nieve y supliqué que tuvieran piedad, pero nadie se compadeció de mí. Al final, morí congelada frente a nuestra mansión.
Todavía recordaba aquel frío. Solo pensarlo hacía que me temblara todo el cuerpo.
Aun así, mantuve la sonrisa y le encajé la copa de vino entre las manos.
—General Stone, no diga eso —le respondí con una tranquilidad que no sentía—. Es un vino excelente. Debería probarlo.