Chiquita Pero Tragona
—¡Ay, qué duro!... como que ya te urgía, ¿no?
Esa noche de San Valentín, mi amigo, su esposa y yo regresábamos al pueblo en auto.
Lo que no esperaba era que su esposa, medio dormida, me confundiera.
Su mano suave me acariciaba los muslos duros como piedra, una y otra vez.
Y de vez en cuando frotaba sus meloncitos blancos contra mí:
—Amor... juega con tu zorrita.
¿Cómo iba a aguantarme al escuchar eso?...