Verdades Dolorosas
Dile a Laia que estoy bien.
—Bien... yo, eh... —Axel titubeó; las palabras se le atascaban en la garganta. Tenía tantas cosas en la cabeza, pero parecía que la amnesia también le había robado el habla. Se frotó las manos, inquieto.
Freya lo observó en silencio, notando cómo sus hombros se encogían y su respiración se volvía más superficial.
—¿Tú estás bien? —preguntó ella suavemente.