Dilemas del corazón
—Los locos son adictivos, amiga —aseveró, divertida.
Hice una mueca amarga, empujándola suavemente sin intención de alejarla.
—No lo digo de esa forma. Es un loco, sí, pero en plan… impredecible.
El maestro aclaró su garganta, exigiendo silencio sin decir una palabra, poniendo fin a nuestra plática. Destapé mi bolígrafo para copiar las fechas y conceptos puestos en pizarra, pero al final lo único que hice fueron unas cuantas líneas sin sentido. Me di cuenta de que desde que conocí a Eiden, concentrarme de lleno en las clases siempre era un reto. Por más que intentaba obligar a mi cerebro a procesar las lecciones, el contacto más mínimo con él hacía ruido en mi cabeza. Y no era porque me gust