LA OBSESIÓN DEL EMPERADOR
Samia Lutze estaba arrepentida, de verdad arrepentida, y no podía hacer nada por remediarlo porque el pasado no se arregla, es inmutable, es irreparable.
Un suspiro sacudió su cuerpo, y tal vez un poco su alma, entonces Samia abrió los ojos y fijó la mirada en el borroso techo de la cama de su majestad el emperador, a quien odió por un segundo, pensando en todas las comodidades que él tuvo y que le negó a su hijo sin saberlo.