Una madre: dos destinos.
No con un final feliz perfecto, sino con un comienzo real y verdadero…
Días después, sin testigos innecesarios ni promesas heredadas, Isabella e Ignacio se unieron en un ritual sencillo, casi secreto. Dos manos entrelazadas, palabras dichas sin testamento ni firma. Sin juez, sin iglesias. Aquel pacto no necesitaba intermediarios sino la presencia de dos almas dispuestas a vibrar en un mismo ritmo. Ignacio, abogado de oficio, entendía mejor que nadie que en asuntos del corazón no existen las leyes. Allí nadie, manda. Todos, obedecen.
Y allí… en medio de la noche, sin papeles ni aplausos –Isabella e Ignacio– se eligieron nuevamente y esta vez para siempre.