El Halcón y la Dama
En una sala lateral de la posada de White Hart, Ashford lo escuchó con gesto imperturbable.
—La doncella, Clara —informó Kael con su voz áspera, cargada de certezas sucias—, es la llave. Es su sombra, sus manos, sus oídos. Si vuestra prometida oculta algo, por pequeño que sea, esa muchacha lo sabrá. Es leal, pero la lealtad tiene un precio, o un punto de quiebre.
Ashford, sentado en una butaca de cuero, entrelazó sus dedos pálidos sobre el regazo, una imagen de tranquila satisfacción. La información confirmaba su instinto.