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La obsesión de mi exesposo

La obsesión de mi exesposo

Durante cinco años de matrimonio, Elia lo sacrificó todo por Rafael, incluso la carrera de sus sueños. Cinco años esperando un poco de amor. Pero Rafael nunca aparecía. Ni en los aniversarios. Ni para cumplir sus promesas. Incluso el día que Elia cumplió treinta años, Rafael estaba "ocupado". Sin embargo, ese mismo día, Rafael fue al aeropuerto. Fue a esperar a la única mujer que de verdad le había importado en la vida. A Elia, Rafael solo le dejó un bolso comprado a las prisas en una tienda cualquiera. Cuando el padre de Elia enfermó de gravedad, Rafael no tuvo piedad. Incluso le exigió que acompañara a un cliente solo para salvar un contrato. Finalmente, algo se rompió dentro del corazón de Elia. Y se marchó. Divorcio. Dos años después, Elia se convirtió en una experta admirada a nivel internacional. Pero Rafael volvió. La agarró de la muñeca con fuerza. —¿El divorcio? La risa de Rafael fue fría como el hielo. —Ni lo sueñes. —Mientras yo no firme... —Serás mi esposa hasta el día en que te mueras.
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La Cura A Mi Calentura

La Cura A Mi Calentura

—Sé buena y ponte en cuatro. La terapia de apoyo ya no es suficiente; tengo que ayudarte yo mismo. Soy la más bonita de la universidad y tengo una adicción. Después de dejarlo seco, mi novio, Iván, empezó a temer que mi adicción me llevara a serle infiel, así que me mandó con el médico del campus para que me curara. Nunca imaginé que el tratamiento de ese médico fuera tan raro. Al final hasta se bajó los pantalones y sentí algo duro y caliente que se me clavaba por detrás...
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La Falsa Susurradora de Cadáveres

La Falsa Susurradora de Cadáveres

Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara. Sonrisas por todas partes. Aprobación unánime. Solo Olivia Montoya, la nueva forense… la "mejor amiga de la infancia" de mi novio, se vino abajo. La que se hace llamar la "Susurradora de Cadáveres". Entró hecha una fiera, me agarró con fuerza de la bata y, con los ojos enrojecidos, soltó: —Aunque tu técnica ya está pasada de moda, de verdad espero que te quedes. ¡Que sigas dándoles voz a las víctimas! Le aparté la mano con frialdad, recogí mis cosas y me di la vuelta para irme. Porque en mi vida pasada, ella se presentaba igual: decía que podía oír los susurros de los muertos y saber lo que habían vivido antes de morir. Yo me mataba trabajando: autopsia tras autopsia, revisando una y otra vez, redactando informes de autopsia con cada detalle. Ella, en cambio, solo necesitaba echarle un vistazo al cadáver… y podía recitar mi informe palabra por palabra, sin equivocarse ni una coma. Las familias de las víctimas la veneraban como si fuera un milagro andante. A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba. No lo acepté. Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano. Hasta que una familia, llevada al límite, me odió por ultrajar a su difunto. Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío. Cuando volví a abrir los ojos… Había renacido justo el día en que Olivia anunció, por primera vez, que era la "Susurradora de Cadáveres".
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Mi Esposa, La Estrella OF

Mi Esposa, La Estrella OF

Me llamo Tomás Mora. En Semana Santa tenía pensado irme de luna de miel a la playa con mi esposa. Nunca imaginé que la mejor amiga de mi esposa también quisiera venirse con nosotros. Y lo más absurdo fue que en el hotel solo quedaba una habitación con cama matrimonial.
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Secreto Ciclista En La Montaña

Secreto Ciclista En La Montaña

Tengo dos genitales masculinos. El doctor me dijo que mi caso era rarísimo, una enfermedad incurable. Tampoco es que sea tan grave; ahí abajo tengo algo diferente a los demás y es bastante salvaje. Pero a mí eso me arruinó la vida. Cada vez que llevaba a una mujer a casa, en cuanto me bajaba los pantalones y ella veía los dos mienbros, salía corriendo, muerta de miedo. Mi amigo, Darío, sabía lo desesperado que estaba y me invitó a unirme a un club de ciclismo. Al principio no le di importancia. ¿Qué tiene de divertido estar en bicicleta? Pero él me dijo: —No subestimes este club; está lleno de mujeres. Cuando subamos a la montaña de noche y esté tan oscuro que no se vea nada, ahí aprovechas para cogértelas. Las dejas bien contentas; te garantizo que no se van a resistir, y ya con eso la vida va a ser una maravilla, ¿no? Me ganó la calentura y acepté ahí mismo.
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Bota y Rebota La Suegra

Bota y Rebota La Suegra

—Yerno, puedes ser más brusco... Era de madrugada. La mujer madura, desnuda, puesta en cuatro sobre la cama, volteó a verme mientras empujaba sin parar ese trasero redondo hacia atrás. Sus labios carnosos se entreabrían, y esa mirada perdida de deseo era capaz de derretir a cualquiera. Un día antes, ni en sueños habría imaginado que tendría a mi voluptuosa suegra sometida debajo de mí...
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El Velo de la Venganza

El Velo de la Venganza

El todopoderoso del círculo de élite en la capital, Leonardo Cruz, iba a casarse con mi hermana Valeria. Todo el mundo decía que era un pervertido impotente, y que casarse con él era condenarse a una vida de sufrimiento. Valeria lloraba desconsolada, como una actriz de telenovela. Yo la llevé aparte y le susurré: —Me casaré en tu lugar, pero tú tienes que ir al pueblo y cuidar la caja fuerte bajo la tumba de mamá. No puedes tocarla en tres años. Ella creyó que estaba llena de una herencia millonaria, así que aceptó encantada. Mientras miraba su rostro codicioso, no pude evitar soltar una risa fría por dentro: "Querida hermana, cuídala bien. Quiero ver si de verdad puedes sostener toda esta fortuna que estás a punto de recibir."
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La esposa que nunca reconoció

La esposa que nunca reconoció

El puesto como secretaria privada de Don Aido Derocchi era una posición legítima con una remuneración excepcional. Por eso, mi renuncia tomó por sorpresa a todo el mundo. Le dije a todos que me llevaría a mi hijo, Leo Derocchi, a Melbir para recoger los efectos personales de mi difunto esposo. Lo que nadie sospechaba era que mi supuesto marido era el mismísimo Aido. Leo era el resultado de una sola noche de aventura. Por esa razón, Leo y yo no podíamos permitir que nuestras verdaderas identidades salieran a la luz. Ya que la familia Derocchi no me requería como su Donna, yo tampoco necesitaba a un hombre incapaz de cumplir con su deber como esposo. Y, desde luego, Leo no necesitaba a un padre que ni siquiera le permitía dirigirse a él como "papá".
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La mujer en el gimnasio

La mujer en el gimnasio

—No... mi cuerpo es de mi esposo. En el gimnasio, había contratado a un entrenador personal para trabajar los glúteos. Para poder mostrarlos mejor, llevaba puesta solo una minifalda rosada muy corta, bajo la cual se alcanzaba a ver ligeramente mi ropa interior blanca. Yo ya era una persona muy sensible por naturaleza, y cuando el entrenador levantó directamente mi falda corta y empezó a tocar mis nalgas, mi cuerpo reaccionó sin que pudiera controlarlo. Al ver mi reacción, el entrenador tiró de repente de mi ropa interior, que ya estaba completamente húmeda. —¿Te pica tanto que no lo soportas? Déjame ayudarte.
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El Precio de la Traición

El Precio de la Traición

Estaba a punto de dar a luz cuando Liana, la ex de mi esposo, llegó a nuestra casa con la excusa de que solo se quedaría unos días. Cada vez que me veía, se llevaba la mano al pecho, como si el solo hecho de verme embarazada la hiciera sufrir. Bruno, mi esposo, estaba convencido de que yo estaba provocándola a propósito, solo por tener la barriga enorme. —Lia no se siente bien, no puede tener hijos. ¡Y tú sigues paseándote así, como si nada! ¡Se nota que necesitas una lección para que aprendas! Dicho esto, mandó que me encerraran en el viejo ático que llevaba años sin usarse, y ordenó que nadie me subiera comida. Lloré y le rogué que me dejara salir. Le expliqué que la última ecografía mostraba que los gemelos eran enormes, que el doctor había dicho que debía ir al hospital de inmediato. Pero, para él, eso fue como si le contara un chiste sin gracia. —Todavía faltan tres días. No me vengas con cuentos —me respondió sin una sola gota de compasión—. ¡Ve al ático y ponte a pensar en lo que hiciste! ¡Pagarás por estar molestando a Lia! Las contracciones eran tan brutales que, arañando la madera podrida, acabé arrancándome las uñas. Gritaba tan fuerte que me dolía la garganta, pero nadie acudió en mi auxilio. La sangre me cubría el cuerpo y empapaba todo el suelo. Uno de los bebés ya había salido, pero el otro se quedó atrapado en mi vientre, atorado en un baño de sangre. Tres días después, Bruno estaba sentado, tomando sopa y, como si nada, dijo: —Que Michelle me sirva más sopa y le pida perdón a Lia. Si lo hace, la llevaremos al hospital para que tenga a los niños. Nadie dijo nada. Porque la sangre que bajaba desde el ático ya había llegado hasta el segundo escalón.
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