La Falsa Susurradora de Cadáveres
Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara.
Sonrisas por todas partes. Aprobación unánime.
Solo Olivia Montoya, la nueva forense… la "mejor amiga de la infancia" de mi novio, se vino abajo.
La que se hace llamar la "Susurradora de Cadáveres".
Entró hecha una fiera, me agarró con fuerza de la bata y, con los ojos enrojecidos, soltó:
—Aunque tu técnica ya está pasada de moda, de verdad espero que te quedes. ¡Que sigas dándoles voz a las víctimas!
Le aparté la mano con frialdad, recogí mis cosas y me di la vuelta para irme.
Porque en mi vida pasada, ella se presentaba igual: decía que podía oír los susurros de los muertos y saber lo que habían vivido antes de morir.
Yo me mataba trabajando: autopsia tras autopsia, revisando una y otra vez, redactando informes de autopsia con cada detalle.
Ella, en cambio, solo necesitaba echarle un vistazo al cadáver… y podía recitar mi informe palabra por palabra, sin equivocarse ni una coma.
Las familias de las víctimas la veneraban como si fuera un milagro andante.
A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba.
No lo acepté.
Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano.
Hasta que una familia, llevada al límite, me odió por ultrajar a su difunto.
Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío.
Cuando volví a abrir los ojos…
Había renacido justo el día en que Olivia anunció, por primera vez, que era la "Susurradora de Cadáveres".