¡No me volveré a casar contigo!
Mientras Horacio la abrazaba, ajeno a la oscura verdad que se escondía tras la fachada de su esposa, Débora maquinaba en silencio, tejiendo su red de engaños y manipulaciones con una habilidad casi diabólica.
—Ven, amor, es hora de darte un masaje—anunció, guiándolo hacia la recámara matrimonial, en dónde lo acostó en la cama y luego de aplicarle un ungüento, se desvistió ante la mirada anhelante de su esposo.
Horacio besó y poseyó a su mujer, convenciéndose en cada caricia de que era un ángel, encantadora, servicial, incapaz de cometer alguna maldad.