Cuando la luna susurra mi nombre
Veo mi propio cuerpo —no el de ahora, sino el otro, el de antes, el que vivía entre templos de piedra y juramentos nocturnos— acercándose a él en un santuario prohibido, tocando su pecho con la misma mano con la que ahora intento contener mi temblor, y ambos —él y yo— pronunciando una promesa que el tiempo no logró destruir:
“Cuando regreses, recordaré cómo llamarte.”
La visión se rompe con un grito.
No sé si es mío.
Los Selladores lanzan un segundo ataque.
Aeshkar completa su transformación parcial.
Y yo, atrapada entre el pasado que regresa y el presente que arde, solo puedo decir su nombre, apenas un susurro, apenas un temblor:
—Aeshkar…
Él gira hacia mí.
Y en sus ojos reconocidos —esos p