La protegida del lobo
Y era eso lo que más me aterraba: que, en ella, pudiera ver todo lo que había intentado ocultar durante años.
Apreté los puños, sintiendo el fuego en mis venas, el llamado de la manada, la necesidad de regresar, de pelear. Pero una parte de mí se negaba. No quería ser el hombre que todos esperaban que fuera. No quería ser el alfa que todos veían como una máquina, como una fuerza indestructible. Ya no quería ser esa sombra que no sentía. Quería ser yo. Quería ser el hombre que Rita veía, ese hombre que, aunque roto y marcado por el destino, podía sentir. Y, al hacerlo, podía amarla con toda la fuerza de su ser.