EL PRECIO DE AMAR
—¿Tú… me estás pidiendo que mate a mi hijo?
—¡No sabemos si es mío! —rugió, golpeando la mesa con el puño.
—¡Pero está vivo dentro de mí! —respondí con un grito que me desgarró la garganta—. ¡Es mío! ¡Es mi milagro, Armando!
Él apartó la mirada, caminando de un lado a otro, como un león enjaulado.
—No puedes obligarme a criar al hijo de otro hombre, y menos de ese maldito Jonathan.