Partager

Capítulo 6

Auteur: Yamila Rivera
Sonaron unos golpes en la puerta.

—Julieta, Mauricio y los demás ya regresaron. — dijo Jimena al llamar.

Julieta dejó el álbum de fotos y salió de la recámara. Al ver a los dos hombres que acababan de entrar, los saludó con alegría:

—¡Papá, Rafael!

Rafael y Mauricio miraron a Julieta.

—Te traje un regalo. Ven a ver si te gusta. —La llamó Rafael.

Julieta se acercó, ilusionada:

—¿Qué regalo?

Rafael dejó sobre la mesa varias bolsas grandes y pequeñas.

Luego sacó una caja de joyería de marca y se la entregó:

—Ábrela.

Julieta la tomó con entusiasmo. Al abrirla, vio un brazalete de oro de elaboración exquisita:

—Gracias, Rafael. Me encanta.

—Me alegra que te guste.

Rafael, con gesto cariñoso, le revolvió suavemente el cabello.

También había comprado otro brazalete de oro para Jimena, además de un set de productos de cuidado de la piel. Para Mauricio llevó una botella de licor y algunos productos locales.

El ambiente era cálido y armonioso.

Solo al regresar a casa Julieta lograba sentirse realmente relajada.

—Julieta, ¿para cuándo es la fecha prevista del parto? —preguntó Rafael con preocupación.

Con ese vientre tan prominente, parecía como si estuviera ya en las últimas etapas del embarazo.

—Seguro que es una niña —dijo Jimena con una sonrisa.

Julieta asintió:

—Sí.

—¿Ya confirmaron el sexo? —preguntó Mauricio.

Jimena se tensó al instante:

—Sí. Doña Gómez le da mucha importancia a este bebé.

Mauricio soltó un suspiro de alivio:

—Entonces está bien. Mientras haya una hija, tú y Héctor acabarán reconciliándose tarde o temprano.

Julieta bajó la mirada. De pronto, el corazón se le volvió pesado.

No sabía cómo decirlo: Héctor ya había hablado de divorcio.

Pero ese asunto no podría ocultarse por mucho tiempo. Además, ya había decidido dejar Costa Dorada y volver a vivir en casa.

Mejor dejarlo para después de la cena.

Jimena preparó una mesa con una cena abundante.

Ahora Rafael había creado una empresa tecnológica junto con unos amigos.

Dos años atrás, cuando empezaron con el proyecto, Mauricio le había aportado una suma de dinero.

Actualmente, la empresa iba muy bien y se dedicaba principalmente al ámbito de la tecnología de inteligencia artificial.

Este viaje de trabajo había sido para negociar una colaboración, y el resultado había sido excelente.

Mauricio, por su parte, estaba terminando de gestionar la liquidación de su empresa.

Aunque gracias a la dote que Héctor había entregado la compañía había logrado sobrevivir un tiempo, el entorno económico seguía siendo desfavorable.

La reconversión era difícil y el negocio ya no podía sostenerse.

Con la edad, su energía ya no era la de antes. Tenía grandes expectativas puestas en el futuro de la empresa de Rafael.

Cuando la compañía entrara en su fase de financiación a finales de año, vendería definitivamente la suya e invertiría todo el dinero en el proyecto de Rafael.

Entonces anunció otra buena noticia: Mauricio y Jimena planeaban registrar oficialmente su matrimonio.

Los ojos de Jimena se llenaron de lágrimas.

Tras tantos años de compañía, por fin había llegado ese momento.

Julieta no tenía ninguna objeción. Sabía que su padre no se había casado antes con Jimena porque aún guardaba sentimientos por su madre.

Ella tampoco entendía por qué su madre había decidido dejar a alguien tan bueno como él.

Pero eso ya no era importante.

Era un día tan hermoso.

No quería romper aquel ambiente.

Sin embargo, al final habló:

—Papá, Jimena, Rafael... Héctor quiere divorciarse de mí.

Al caer sus palabras, el ambiente quedó sumido en un silencio absoluto.

Los rostros de todos se volvieron graves, especialmente el de Mauricio, que bajó la cabeza con el semblante tenso.

Era una situación previsible; lo único inesperado era que llegara tan pronto.

Aunque se habían emparentado con la familia Gómez, nunca se celebró una boda.

Solo habían registrado legalmente el matrimonio y, durante esos seis meses, no hubo ningún contacto entre ambas familias.

Héctor tampoco había puesto un pie en la Casa García, ni había enviado jamás un solo regalo.

Cada vez que Julieta regresaba sola a casa, Mauricio y Jimena preparaban obsequios para las festividades y le pedían que los llevara a la Casa Gómez.

Cuando ella los entregaba, Doña Gómez aceptaba los regalos, pero Julieta sabía que luego se los daba a los sirvientes.

En cuanto a Celeste, delante de ella ordenó a los criados que los tiraran a la basura, diciéndole que dejara de enviar regalos tan indignos, impropios de aparecer en sociedad.

Héctor incluso le había advertido que no hiciera ese tipo de cosas sin sentido.

Un matrimonio tan desigual estaba destinado a terminar tarde o temprano.

Julieta apretó ligeramente los labios y continuó:

—Pero habrá que esperar a que nazca el bebé. Además, ya le prometí a Carlos que en febrero del próximo año iré a la Universidad del Valle Dorado para continuar mis estudios.

Rafael fue quien rompió el silencio opresivo:

—Hacer una especialización es algo bueno. Eres tan capaz, no deberías quedar atrapada en un matrimonio. Cualquiera que sea la decisión que tomes, te apoyaré.

Julieta sonrió y asintió:

—Gracias.

Mauricio dejó escapar un suspiro. En aquel suspiro se mezclaban la impotencia y la culpa:

—Si hay que divorciarse, que sea así. Todo es culpa mía. Gente común como nosotros, en efecto, no está a la altura de la familia Gómez.

Los ojos de Julieta se humedecieron.

De pronto, sintió que todo el dolor que había soportado en ese tiempo no era nada comparado con el apoyo de su familia.

Mientras ellos estuvieran allí, siempre tendría un respaldo. No había obstáculo que no pudiera superar.

Al verlo, Jimena tomó un pañuelo y le secó suavemente las lágrimas, reconfortándola.

Al final, la familia logró terminar la cena entre sonrisas.

Al mismo tiempo, en la zona residencial Punta Azul, un barrio de villas con más de veinte años de historia, considerado un antiguo enclave de ricos, cuyas instalaciones ya mostraban el paso del tiempo.

Un Bentley se detuvo frente a la puerta de la villa número 12, la misma que Mauricio había vendido.

La ventanilla se bajó, dejando ver un perfil masculino, apuesto y perfecto.

Él miró hacia el interior de la villa, donde las luces permanecían encendidas.

La luz de la farola se reflejó en sus ojos, sin lograr ocultar la complejidad y la soledad que los habitaban.

Apartó la mirada y encendió un cigarrillo.

En ese momento, su celular sonó. Contestó con voz suave:

—¿Qué pasa?

Desde el otro lado llegó la voz coqueta de Adriana:

—¿Cuándo llegas? Tengo mucha hambre, y Héctor no me deja comer antes.

De inmediato, se escuchó la voz grave y mimosa de un hombre:

—Fuiste tú quien me pidió que te controlara, ¿y ahora me lo reclamas?

Adriana resopló con un leve bufido.

—Si tienes hambre, come primero. Llegaré enseguida.

Colgó la llamada.

Jairo Solano aplastó el cigarrillo, lanzó una última mirada por la ventanilla y arrancó el carro, alejándose de la villa.

Continuez à lire ce livre gratuitement
Scanner le code pour télécharger l'application

Dernier chapitre

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1199

    Llegó la hora de cenar y Héctor todavía no bajaba. El mayordomo explicó que seguía ocupado y que después le subirían la comida.Julieta le dijo a Sofía:—Vamos a cenar nosotras. Dejemos que termine de trabajar.Sofía asintió.—Sí.Después de la cena, una empleada se dispuso a llevarle la comida a Héctor. Julieta le dijo a Sofía que viera un rato la televisión y subió detrás de la empleada.Tocó la puerta del despacho y, al escuchar la respuesta, abrió. Después tomó la charola de manos de la empleada.—Dámela, por favor.Al verla, Héctor suavizó la expresión y dejó los documentos que tenía entre las manos.Julieta había alcanzado a notar que estaba de mal humor. Dejó la charola sobre el escritorio, acomodó los platos y preguntó:—¿Pasó algo?Él extendió la mano hacia ella. Julieta rodeó el escritorio y se acercó. Héctor la tomó de la cintura y la sentó suavemente sobre sus piernas.—Nada. Unos empleados cometieron un error.—¿Apenas llegaste y ya hay problemas?Él jugó con un mech

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1198

    La niñera llevó a Sofía a su habitación para prepararla para dormir.En la recámara, Héctor sacó del clóset la pijama y la ropa interior de Julieta y las dejó en el baño. Después se acercó al sofá y la levantó en brazos.Julieta evitó mirarlo. No era la primera vez que él la acompañaba a bañarse. Sabía muy bien lo que iba a pasar, pero tampoco encontraba la forma de resistirse a él.El baño estaba lleno de vapor tibio. Héctor la rodeó por la cintura, inclinó la cabeza y le mordió suavemente el labio antes de besarla con intensidad.Ella alzó los ojos hacia él y habló con la voz algo ronca:—Más despacio.Héctor la hizo girar, la abrazó por detrás y le susurró:—Voy a tener cuidado.Julieta no supo cuánto tiempo pasó. Él solo se detuvo cuando ella ya no podía más del cansancio. Después de ayudarla a asearse, la llevó en brazos a la recámara, la acomodó con cuidado en la cama y la cubrió. Luego regresó al baño para darse una ducha fría.Cuando por fin logró calmarse, se puso una ba

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1197

    Un día antes de irse a San Aurelio, Héctor y Julieta organizaron una comida en Costa Dorada. Jairo, Rafael y los demás asistieron.Julieta también llamó a Rocío para invitarla.Sin embargo, don Quiroz había sido hospitalizado de repente y Rocío debía quedarse a cuidarlo, así que no pudo ir.Sergio había regresado al país tiempo atrás, pero hacía unos días había vuelto a Auremont.Todos se sentaron en el cálido invernadero de cristal y comieron carne asada.Irene miró a Julieta.—Con esa panza, se nota que es niño.Julieta llevaba un suéter largo y holgado, pero el embarazo ya era muy evidente.Se llevó a la boca un trozo de carne de res que Héctor acababa de cortarle y preguntó con curiosidad:—¿Eso también se puede saber con solo verla?Irene respondió:—He oído que cuando es niño, la panza se ve más firme. Así les pasó a mis primas. Cuando estaban embarazadas de niñas, se les veía enorme.Mariana intervino:—No siempre. Mi prima tenía una panza muy pequeña cuando esperaba a su hija.

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1196

    Julieta suspiró, aliviada.—Qué bueno, Carlos...Iba a decir algo más, pero Héctor la interrumpió:—Entonces no te quitamos más tiempo. Ve a visitar a Sebastián. Nosotros ya nos vamos.Carlos lo miró un instante antes de dirigirse a Julieta.—Vayan con cuidado.Ella asintió. Héctor la llevó de la mano directamente hacia la salida.El carro ya los esperaba en la entrada. Cuando subieron, el chofer se alejó despacio del hospital.Dentro reinaba el silencio. Héctor tenía el rostro tenso y no dejaba de mirar por la ventana.Julieta lo observó.—¿En qué estás pensando?—En nada.Pero era evidente que estaba molesto.—Si no estás pensando en nada, ¿por qué tienes esa cara?Héctor guardó silencio unos instantes antes de voltear hacia ella.—Con Carlos nunca se te acaba la conversación.Julieta pensó que debía de ser imposible encontrar a alguien más susceptible que Héctor.—¿Cuándo hablé tanto? Apenas intercambiamos unas palabras.—Si no te hubiera interrumpido, habrías seguido platicando.

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1195

    Cuando Carlos se sentó, Sergio le preguntó por su trabajo.Platicaron un rato. En efecto, Carlos tenía varios asuntos que resolver durante aquel viaje.Con naturalidad, preguntó:—¿Cómo está Julieta?—Bien. Aunque todavía no recuerda lo que pasó antes.Carlos asintió, sin mostrarse sorprendido.Después de cenar, los cuatro salieron al estacionamiento.Carlos dijo:—A ver cuándo nos volvemos a reunir. La próxima vez invito yo.Sergio respondió:—Claro. Ten cuidado.Carlos asintió, se despidió de Rocío con un leve movimiento de cabeza y subió a su carro.Sergio dijo:—Nosotros también vámonos.Al regresar al departamento, Rocío recibió una llamada de Julieta.—Irene me dijo que Carlos también está en Auremont. ¿Ya se vieron?—Sí. Hoy cenamos con él y con Sergio. Mañana regresa a Gran Bahía.—Ya veo. Parece que tiene mucho trabajo.—Sí, ha estado muy ocupado. Supongo que todavía va a tardar en volver al país.—En algún momento tendrá un poco de tiempo.Platicaron un rato más antes de col

  • La señora no perdona al infiel   Capítulo 1194

    Noemí también miró a Sergio, desconcertada.Él explicó:—Perdón. Hace unos días te escuché hablar con Irene.Rocío comprendió.—No pasa nada. ¿Tú también la conoces bien?—Desde hace muchos años. Somos muy buenos amigos.—Ya veo.Noemí preguntó:—¿Quiénes son Irene y Carlos?Rocío explicó:—Irene es una amiga que conocí por Julieta. Carlos es su hermano.Noemí entrecerró los ojos y la miró con curiosidad antes de sonreír.—Entonces, ¿qué fue exactamente lo que Irene te pidió que le llevaras a Carlos?Al ver aquella expresión, Rocío le sirvió un poco más de comida.—¿Por qué tanta curiosidad? Mejor come.—Es la primera vez que te veo tan nerviosa.—¿Y todavía te burlas de mí?Noemí bajó de inmediato la mirada hacia su plato y se llevó un bocado a la boca, sin decir nada más.***Durante los dos días siguientes, Rocío no logró decidir cómo invitar a Carlos.Aquella mañana, la temperatura en Auremont bajó de golpe. Después de pensarlo mucho, le mandó un mensaje temprano.“Hoy bajó mucho

Plus de chapitres
Découvrez et lisez de bons romans gratuitement
Accédez gratuitement à un grand nombre de bons romans sur GoodNovel. Téléchargez les livres que vous aimez et lisez où et quand vous voulez.
Lisez des livres gratuitement sur l'APP
Scanner le code pour lire sur l'application
DMCA.com Protection Status