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Capítulo 7

Author: Yamila Rivera
Esa noche, Julieta se quedó en la Casa García.

Fue la noche más tranquila y reparadora que había tenido en mucho tiempo.

Por la mañana, Jimena estaba en la cocina preparando el desayuno.

En especial para ella, había cocido una sopa de pollo y preparado un almuerzo nutritivo, que colocó en un recipiente térmico para que lo llevara a la empresa.

La noche anterior, Julieta les había contado su decisión de renunciar y de ir a trabajar como asistente durante un mes con Carlos.

Al principio, ninguno estuvo de acuerdo; querían que se concentrara en cuidar el embarazo y recuperarse físicamente.

Pero ella insistió.

Aunque su cuerpo estaba ahora más torpe, no se sentía mal. Podía hacer trabajos sencillos sin problema.

Además, necesitaba cambiar de ambiente y mantenerse ocupada; de lo contrario, terminaría pensando demasiado.

Al final, Mauricio no dijo nada más.

Julieta había querido ayudar en la cocina, pero Jimena no se lo permitió.

Así que se sentó en el sofá y, con el celular en la mano, comenzó a buscar en internet.

Quería inscribirse en una clase de pilates adecuada para embarazadas.

Encontró un estudio que le pareció apropiado y decidió que, cuando tuviera tiempo, iría a informarse en persona.

Siguió desplazándose por la pantalla.

De pronto, su expresión cambió.

Vio un mensaje en WhatsApp.

Eran varias fotos de una cena; el lugar parecía un club privado de alto nivel.

Las había publicado Tomás, un amigo de Héctor, a quien Julieta había agregado cuando aún era la asistente de Héctor.

El texto que acompañaba las imágenes decía: “Cena entre amigos. Otra vez presumiendo su amor... quién sabe cuándo se casarán”.

En las fotos había tres imágenes de Héctor y Adriana juntos.

En la foto central, Adriana se cubría la mejilla y se acurrucaba en los brazos de Héctor.

Él, apuesto y elegante, la sostenía por el hombro y la miraba con ternura al bajar la vista.

El ambiente de intimidad y dulzura era tan intenso que parecía desbordar la pantalla.

Los amigos de Héctor sabían perfectamente que él ya estaba casado; simplemente creían que Julieta no estaba a su altura.

Tomás, con toda probabilidad, lo había hecho a propósito para que ella lo viera.

Julieta sintió un dolor punzante en el pecho, tan fuerte que le costaba respirar.

Apagó el celular.

Se levantó y fue al balcón, tratando de calmarse, obligándose a no pensar, a no darle importancia.

Extendió la mano y acarició su vientre ya abultado.

El corazón se le hundió, pesado, como si cargara mil kilos.

Cuando se divorciaran, Héctor seguramente se casaría de inmediato con Adriana. Tendrían hijos. Él la amaba tanto... sin duda también amaría a los hijos que tuviera con ella.

¿Y la niña? ¿Seguiría recibiendo el amor de su padre?

—Julieta, ya puedes venir a desayunar —se oyó la voz de Jimena.

Ella respiró hondo, se secó las lágrimas y fue un momento al baño.

Cuando salió, ya se veía como siempre.

Después del desayuno, Rafael llevó a Julieta a la empresa.

Durante el trayecto, Rafael notó que algo no estaba bien y le preguntó:

—¿Ocurrió algo?

Julieta negó con la cabeza. No quería decir nada.

Rafael habló con tono serio y pausado:

—Ahora estás embarazada. Si tienes algo en el corazón, no lo guardes. No es bueno ni para ti ni para el bebé.

Pasó un buen rato antes de que Julieta hablara:

—Es solo que Héctor tiene a otra mujer... Todavía me cuesta aceptarlo. Pero no pasa nada, me ajustaré poco a poco. No te preocupes.

Lo dijo con aparente ligereza.

Rafael sabía que ella estaba sufriendo, pero no sabía cómo consolarla. Solo pudo decir:

—El tiempo lo suaviza todo. Poco a poco, las cosas mejorarán.

Julieta asintió.

Al llegar a la empresa, Julieta bajó del carro con el recipiente térmico en la mano. Tras despedirse de Rafael, caminó hacia el interior del edificio.

Una vez dentro, volvió a encontrarse con Héctor.

Héctor casi no regresaba a casa, y ella seguía yendo a trabajar a pesar de haber sido degradada, porque quería verlo todos los días.

Sin embargo, durante esos meses en la empresa, apenas se había cruzado con él.

Y cuando lo hacía, él siempre se mostraba excepcionalmente frío con ella.

No esperaba que, en dos días consecutivos, volviera a encontrárselo.

Héctor descendió del carro, impecable con su traje.

Sus largas piernas llamaban la atención; su rostro de rasgos profundos resultaba impactante cada vez que se lo veía: apuesto, extraordinario, con una autoridad imponente.

Y, aun así, aquel hombre tan distante también tenía un lado tierno.

Julieta sintió una punzada de amargura en el pecho.

Bajó la mirada y se hizo a un lado, saludándolo con respeto:

—Presidente Héctor.

Como de costumbre, Héctor la ignoró. Al percibir su presencia, su expresión se volvió incluso más fría y pasó a su lado sin detenerse.

No fue hasta que entró en el elevador exclusivo del presidente que Julieta logró reaccionar.

Luego tomó el elevador de empleados y subió.

El día anterior, había quedado tan mal parada tras el altercado con Estefanía que, ese día, Estefanía tampoco le mostró buena cara y dispuso que otra persona realizara con ella el traspaso de tareas.

A Julieta no le importaba la actitud de Estefanía. Solo quería terminar cuanto antes la entrega del trabajo y marcharse de allí.

Al terminar la jornada de la mañana, vio que el clima era agradable. Detrás de la empresa había un parque, así que decidió salir a comer llevando su recipiente térmico y, de paso, dar un paseo.

Tomó el elevador hacia la planta baja.

Al llegar al vestíbulo, se encontró de frente con dos hombres que acababan de entrar.

Uno de ellos era Tomás.

El hombre que estaba a su lado, de porte erguido y presencia distinguida, debía de ser también amigo de Héctor, aunque Julieta no lo había visto antes.

No tenía intención de saludarlos. Bajó la cabeza y se apartó, dirigiéndose hacia la salida.

Tomás la vio apenas entró.

Aquel cuerpo voluminoso resultaba demasiado llamativo.

Al notar que ella intentaba esquivarlos, Tomás avanzó y le bloqueó el paso.

Julieta se detuvo y alzó la vista. Se encontró con su expresión de desagrado.

—¿Acaso eres ciega? ¿No sabes saludar?

Cuando ella era la asistente de Héctor, Tomás siempre había sido cortés con ella.

Ahora, a los ojos de ellos, no era más que una mujer fea, gorda y calculadora.

Julieta bajó la mirada y lo saludó con frialdad:

—Señor Tomás.

Tomás soltó una risa burlona:

—¿Y esa actitud? ¿De verdad crees que sigues siendo la esposa de Héctor?

Julieta apretó los dedos con fuerza, humillada hasta lo más profundo. Se giró de lado para rodear a Tomás y marcharse.

De pronto, Tomás estiró una de sus largas piernas.

Julieta tropezó de inmediato. Cayó de rodillas al suelo con un estruendo seco.

Su rostro palideció; le castañeteaban los dientes del dolor. El recipiente térmico salió despedido de sus manos y la comida se derramó por el suelo.

Jairo, que observaba desde no muy lejos, se sobresaltó al verlo.

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Comments (8)
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Neliz
Me estaba atrapando pero me molesta esperar!!!
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Sonia Tovar
q meten esos p. comerciales y no se desbloquean para terminar de ver la serie nada mas hacen estar perdiendo el tiempo con sus monedas yo para q quiero monedas comerciales mas c.
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Edy Bahena
me gusta ...
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