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Capítulo 2

ผู้เขียน: Elena Castro
A las once de la noche se abrió la puerta de la suite.

La risa de Lina entró antes que ella.

—Alejandro, cerraron la sala de ensayo. Préstame el equipo de sonido. Repasemos la última parte y me voy.

Olía a tabaco y alcohol, y llevaba el abrigo de Alejandro entre los brazos. Él entró detrás con una caja de postres.

Al verme sentada junto a la ventana, se detuvo y dejó la caja sobre la mesa.

—¿Todavía estás despierta?

Se acercó e intentó acariciarme el cabello como de costumbre, pero aparté la cabeza.

Su mano quedó suspendida durante un par de segundos. Luego acercó los postres hacia mí.

—El salón sigue disponible mañana a la misma hora. Hoy te fallé, pero mañana celebraremos la ceremonia.

Por un instante, fijé la mirada en la caja. A través del envoltorio transparente se veían mis postres favoritos. La pastelería quedaba a tres calles. Después de cada discusión, siempre recordaba traerme alguno.

Yo había confundido durante mucho tiempo esa clase de atención con amor.

—¿Y los votos?

La mirada de Alejandro vaciló.

Lina ya había conectado el equipo cuando la batería retumbó sin previo aviso. El estruendo se amplificó a través del audífono y me provocó un dolor punzante en los tímpanos.

Me cubrí los oídos con ambas manos.

Alejandro palideció, pero solo se acercó para bajar un poco el volumen.

—Últimamente le duelen los oídos. Ponlo más bajo.

Lina arqueó una ceja al mirarme y por fin redujo el volumen.

—¿No está ella a punto de quedarse sorda? Creí que, si lo ponía más fuerte, podría oír mejor.

—Lina.

El rostro de Alejandro se endureció.

Ella se encogió de hombros y no dijo nada más, aunque dejó la música sonando.

Miré a Alejandro.

—Me prometiste que no pondríamos música en casa.

—Este hotel está bien insonorizado.

—¿Entonces ya no te asusta el ruido?

Él apretó los labios.

No insistí. Simplemente extendí la mano y apagué el equipo.

La sonrisa desapareció del rostro de Lina.

—Mañana tengo una presentación y debo corregir esta parte. Si no queda lista esta noche, tendré que eliminarla por completo. Dame diez minutos.

Volvió a pulsar el botón de reproducción. Cuando intenté apagarlo por segunda vez, Alejandro me detuvo la mano.

—Diez minutos. En cuanto termine, se irá.

—La ceremonia también habría durado solo diez minutos.

No respondió.

La batería volvió a retumbar.

Los hombros y la espalda de Alejandro se tensaron; tenía la frente cubierta de sudor frío. Aun así, permaneció junto al equipo de sonido y corrigió, frase por frase, la pronunciación de Lina.

Años atrás, una vez rompí por accidente un vaso en casa. Alejandro sufrió una crisis en el acto: se acurrucó contra una pared y comenzó a respirar de manera irregular.

Lo abracé y pasé toda la noche a su lado. Después de aquello, incluso sustituí los utensilios de cocina por otros de materiales menos ruidosos.

Me culpé durante un año entero por aquel vaso.

Sin embargo, ahora ni siquiera se marchaba pese al estruendo de una batería capaz de hacer vibrar las paredes.

Cuando terminó de ajustar una parte, Lina le ofreció agua.

—Antes te escondías en cuanto oías una batería. El médico dijo que habías asociado los ruidos fuertes con el día en que te abandoné en el aeropuerto. Desde que regresé, pareces estar un poco mejor.

La mano con la que Alejandro desenroscaba la tapa de la botella se detuvo.

—Eso ya pasó.

—Sí. Después de mi regreso, poco a poco volviste a tolerar el ruido, ¿no?

El estruendo dentro de mis oídos se intensificó, y el resto de las palabras de Lina se deshizo en sílabas entrecortadas.

Alejandro se acercó para quitarme el audífono. Retrocedí un paso.

—No me toques.

Frunció el ceño.

—Tienes muy mala cara.

—Así que sí eras capaz de soportarlo.

—Rebeca, no mezcles las cosas. No fingí lo que me pasaba. El tratamiento sí ha funcionado; lo de esta noche es una situación excepcional.

La música de Lina continuaba sonando. Ni él mismo podía justificar aquellas palabras.

Tomé el celular y abrí la página de la aerolínea. Cuando Alejandro vio lo que hacía, bloqueó la pantalla de inmediato.

—Podemos regresar al país, pero espera a que termine el viaje. Nos iremos juntos. Tu tinnitus está peor que nunca; no cambies los planes ahora.

—Quiero irme ya.

—Mañana, cuando terminemos la sesión de fotos pendiente, te acompañaré al médico. Que la ceremonia no se haya celebrado no significa que nuestro matrimonio tenga problemas.

Volví a encender la pantalla y compré el boleto frente a él.

—Mañana a las nueve de la noche vuelvo a casa. Vengas o no, yo me voy.

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