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POV Nikolaj
El humo denso del cigarro flotaba en el aire de la oficina, extendiéndose bajo el techo mientras la penumbra envolvía cada rincón de la habitación. No necesitaba encender las luces; llevaba demasiado tiempo acostumbrado a trabajar en la oscuridad como para sentirme incómodo dentro de ella.
Cada trazo de tinta que cubría mi cuello y mis brazos parecía pesar más aquella noche, aunque no por su significado, sino porque me recordaba quién era y, sobre todo, lo que ocurría cuando alguien cometía el error de desafiarme.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Dmitri entró a pasos apresurados y cerró detrás de sí. Su respiración agitada y el gesto tenso de su rostro me dijeron que algo había salido mal incluso antes de que pronunciara una palabra.
—Nikolaj... —comenzó, deteniéndose frente a mi escritorio mientras intentaba recuperar el aliento—. La operación en el puerto colapsó. Perdimos el cargamento completo. Son cinco millones de dólares que desaparecieron en menos de veinte minutos.
No respondí de inmediato.
Apagué lentamente el cigarro contra el cenicero de cristal y dejé que el silencio se instalara entre nosotros. Cinco millones no eran suficientes para poner en peligro el imperio de los Romanov, pero tampoco era una suma que estuviera dispuesto a regalar.
Levanté la mirada hacia Dmitri.
—¿Quién fue?
Mi voz salió baja, casi tranquila.
Él tragó saliva antes de responder.
—Los DiMarco. Nos interceptaron en la dársena sur. El viejo DiMarco dio la orden directamente. Sabía exactamente qué cargamento era y dónde interceptarlo.
Sentí un pequeño chasquido en la mandíbula.
Aquello ya no tenía que ver con dinero.
Los DiMarco acababan de tocar una de mis operaciones, desafiar mi autoridad y, peor aún, demostrar que creían tener el poder suficiente para hacerlo sin consecuencias.
Me puse de pie despacio y apoyé ambas manos sobre la madera del escritorio.
Las puertas dobles de la oficina se abrieron de golpe con un estruendo metálico. Dmitri y dos de mis hombres entraron arrastrando un cuerpo ensangrentado y maltrecho. Lo arrojaron sin contemplaciones en el centro del suelo de concreto, dejándolo caer a mis pies como un saco de basura.
El viejo DiMarco gimió, escupiendo sangre sobre mis botas limpias. Estaba golpeado casi hasta quedar irreconocible, con el rostro hinchado y la respiración rota por el castigo que mis muchachos le habían propinado en el camino.
Me acomodé las mangas de la camisa, revelando la tinta que cubría mis antebrazos, y me incliné hacia él, observándolo desde las alturas.
—Maldita rata... —siseé, clavando la punta de mi bota contra su costado para obligarlo a mirarme—. Me vas a pagar cada maldito centavo de lo que me debes.
—Perdón, señor... —balbuceó DiMarco con voz entrecortada, levantando las manos temblorosas en un gesto inútil de suplicio—. No... no fue mi intención. Se lo juro por Dios. Amenazaron a mi familia, me obligaron a dar la orden...
Dejé escapar una risa helada y carente de cualquier atisbo de humanidad.
—Mira qué triste historia... casi hace que me interese —espeté con sarcasmo mortífero—. Déjate de estupideces y dime cómo m****a me vas a pagar mi dinero.
—Trabajaré, señor... trabaré para usted. Haré lo que quiera, se lo juro, pero no me mate —suplicó, arrastrándose un par de centímetros por el suelo.
—¿Trabajar? —me mofé, dando un paso al frente para acortar la distancia—. Aun trabajando por el resto de tu asquerosa vida no te alcanzará para pagarme cinco millones de dólares.
Saqué la pistola pesada de mi funda sobada y la cargué con un chasquido seco. Me agaché despacio, clavando el cañón de metal frío directamente en su frente golpeada. El temblor de DiMarco se volvió incontrolable al sentir el acero contra su piel.
—Dime una sola razón... una sola m****a por la que no debería volarte la cabeza aquí mismo.
—¡No! ¡Espere! —chilló DiMarco, ahogándose con su propia sangre mientras el acero del cañón le hundía la carne de la frente—. ¡Pídame lo que quiera! Lo que sea, señor Romanov, pero no me mate...
Mantuve el dedo firme sobre el gatillo, sintiendo el pulso acelerado y patético que retumbaba en su cráneo. La lástima no era un concepto que figurara en mi vocabulario.
—No tienes nada que me interese, viejo imbécil —respondí con una frialdad absoluta, dispuesto a presionar el gatillo y terminar con la molestia.
—¡Tengo una hija! —gritó de golpe, llevado por la desesperación más rastrera y cobarde—. ¡Tengo una hija! Es... es hermosa, señor. Es virgen, jamás la ha tocado nadie... Se la entrego, tómela, pero déjeme vivir.
Me quedé inmóvil un segundo. La repugnancia me recorrió la espina dorsal, no por la propuesta en sí —en nuestro mundo la gente vendía hasta a su propia madre para salvar la piel—, sino por la mezquindad de la rata que tenía chillando a mis pies.
Apreté el cañón contra su piel con más fuerza, haciéndolo gemir de dolor.
—¿Y crees que el coño virgen de tu hija vale cinco millones de dólares? —solté una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia—. Estás delirando, DiMarco. Una niña mimada no salda una deuda de ese tamaño.
Una sonrisa lenta apareció en mis labios.
No porque encontrara divertida su propuesta, sino porque acababa de confirmar hasta dónde era capaz de llegar aquel hombre para salvar su propia vida.
—¿Me estás diciendo que estás dispuesto a vender a tu propia hija para que yo no te mate?
—Si... si con eso voy a vivir... —balbuceó, vendiendo a su propia sangre sin dudar un segundo—, puede llevársela. Llévesela, pero no me mate. Por favor.
La pequeña pizca de diversión que había en mi rostro desapareció.
Sentí náuseas.
No por la oferta.
Por él.
Un hombre que podía entregar a su propia hija sin siquiera pensarlo no merecía llamarse padre.
—Eres una basura —sentencié, con la voz plana—. Y lo más patético es que ni siquiera tienes la dignidad de sentir vergüenza por lo que acabas de hacer.
DiMarco volvió a suplicar, pero ya no tenía interés en escucharlo.
Saqué el arma y apunté directamente.
—Podría aceptar tu oferta y dejarte vivir —murmuré—, pero ahora me resulta mucho más desagradable compartir el mismo aire contigo.
Apreté el gatillo.
El disparo retumbó en las cuatro paredes de la oficina y el cuerpo de DiMarco cayó sobre el concreto.
Me quedé observándolo unos segundos antes de guardar el arma.
Después giré hacia Dmitri, que permanecía junto a la puerta.
—Limpien esta porquería y vayan por Alinna DiMarco.
Dmitri asintió, pero antes de marcharse se detuvo.
—¿La quiere aquí, señor?
Lo miré fijamente.
La pregunta hizo que la imagen que DiMarco había dejado en mi cabeza regresara de inmediato.
Alinna.
No sabía absolutamente nada de ella, salvo que su propio padre acababa de ponerle precio a su vida.
—Tráiganla a mi casa —ordené—. Y asegúrense de que nadie la lastime en el camino. Quiero conocer personalmente a la mujer por la que su padre estuvo dispuesto a vender su propia alma.
Pov AlinnaEl peso de la noche anterior me pasó factura. El cuerpo me dolía de una forma inenarrable y la toalla sanitaria postparto era una carga insoportable. Miré a Nikolaj, que ya estaba despierto frente al escritorio revisando unos documentos en la portátil, y tragué saliva con algo de orgullo herido.—Nikolaj... haz que traigan a María a la habitación, por favor —le pedí con voz baja y cansada.Él levantó la vista de la pantalla, frunciendo el ceño de inmediato, y se giró en la silla.—¿Qué necesitas? —Quiero bañarme... quiero quitarme esta maldita toalla sanitaria y necesito ayuda con eso —admití, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas por la humillación de verme tan vulnerable.Nikolaj se puso de pie de un solo movimiento y apagó la portátil. —Nada de eso. Yo te ayudo —sentenció con voz firme, caminando directo hacia la cama.Negué con la cabeza de inmediato, agitando las manos con rechazo.—No, no es necesario... María puede hacerlo perfectamente...Él me cortó co
El alta médica llegó un par de días después, cuando los pediatras confirmaron que los mellizos habían ganado suficiente estabilidad para abandonar la clínica.El traslado de regreso a la finca se hizo bajo un despliegue de seguridad absoluto, con camionetas blindadas escoltando la ambulancia privada en la que viajábamos los cuatro. Apenas las ruedas de los vehículos cruzaron el portón principal de la propiedad, Nikolaj dio las órdenes con una severidad que no admitía réplica.—Abran paso, saquen las cosas y que nadie se acerque al vestíbulo —ordenó a gritos mientras abría la puerta para ayudarme a bajar con los bultos en brazos.Me llevó casi en peso hasta la entrada principal, protegiéndome de cualquier corriente de aire, con los dos bultos de los mellizos bien pegados a mi pecho.En cuanto entramos al recibidor, Nikolaj se plantó frente a su jefe de seguridad y al personal que aguardaba, marcando cada instrucción con una frialdad implacable.—Escúchenme bien todos —bramó con voz tr
PoV Nikolaj Pasaron varias horas antes de que me permitieran entrar a la habitación privada. En cuanto abrí la puerta con cuidado, vi que Alinna empezaba a removerse en la camilla, parpadeando lentamente hasta enfocar la mirada en mí.—¿Viste a nuestros hijos? —preguntó con la voz ronca y débil, apenas logró verme.Me acerqué a trancos cortos y me senté en la orilla de la cama, tomando su mano fría entre las mías.—No, aún no he podido verlos, pero están bien, te lo prometo —le aseguré con un tono más suave del que solía usar.Ella desvió la vista hacia las sábanas, con los ojos cristalizándose de nuevo, mientras la culpa se le marcaba en cada facción.—Lo lamento... Lamento no haber podido lograr que ellos se quedaran más tiempo dentro de mí.Negué de inmediato, apretándole los dedos con firmeza para cortarle el pensamiento.—No tienes por qué disculparte por esa estupidez, Alinna. No estaba en tu control, y tal como te dije, nuestros hijos son fuertes; van a estar bien.Alinna me m
PoV Nikolaj El trayecto hasta la clínica privada fue una pesadilla a toda velocidad, con los neumáticos chillando en cada curva mientras yo apretaba a Alinna contra mi pecho, escuchando sus quejidos de dolor y sintiendo cada contracción como un golpe directo en mis propias costillas. Cuando las camionetas frenaron de golpe frente a la entrada principal, los médicos y enfermeros ya nos esperaban formados en la puerta con una camilla lista. Apenas detuve el vehículo, bajé cargando a Alinna y la entregué de inmediato al personal médico. —¡Muévanse, joder! —les grité mientras se la llevaban corriendo hacia el área de urgencias y la metían directo al quirófano. Las puertas dobles se cerraron de golpe frente a mí. Me quedé solo en el pasillo aséptico, con las manos aún manchadas con la humedad del parto y el corazón latiéndome desbocado en la garganta. Saqué el teléfono y llamé de inmediato a mi jefe de seguridad, que ya venía cerrando el convoy. —Escúchame bien —le ordené con voz
PoV Alinna El peso de las sábanas se volvió sofocante. Estaba durmiendo, pero mi cuerpo comenzó a sudar frío, empapándome la piel en cuestión de minutos mientras me agitaba en la cama, atrapada en una pesadilla que se mezclaba con la realidad. Un calambre brutal, un dolor tan agudo y desgarrador en el abdomen, me arrancó del sueño de golpe. —¡Ah! —grité, incorporándome de un salto con el corazón desbocado. Cuando aparté las sábanas y puse las manos en las piernas, sentí una humedad tibia y abundante escurriéndose por mis muslos. El pánico me heló la sangre. Miré hacia abajo y rompí a llorar de forma histérica, sintiendo que el aire me faltaba. —No, no, no, no... —balbuceaba entre sollozos, con las manos temblando mientras intentaba contener lo inevitable—. ¡Aún es muy rápido! ¡Aún es muy rápido, aún no deben nacer! En ese preciso instante, un torrente de líquido amniótico rompió por completo, empapando el colchón. El terror me superó y comencé a gritar con desesperación, lla
PoV NikolajSalí del comedor a zancadas, con la sangre caliente y la furia latiendo en las sienes, pero antes de que pudiera cruzar el umbral hacia el vestíbulo, unos pasos apresurados resonaron detrás de mí.—¡Nikolaj, espera! —me llamó el padre de Ivania, alcanzándome con el aliento a media voz.Me giré lentamente sobre mis talones, cruzándome de brazos con una expresión dura y cortante.—¿Qué quiere? —le espeté sin rodeos—. Pensé que ya lo había hablado bastante claro allá adentro.El hombre se detuvo a un par de pasos, tragando saliva antes de hablar con una tensión evidente en el rostro.—No puedes amenazarnos con cerrar los puertos, Nikolaj. Eso fue un acuerdo histórico que hicimos tu padre cuando estaba vivo y yo; no puedes romperlo así como así ni jugar con eso.Solté una risa seca, sin una pizca de humor, y lo miré con los ojos oscuros.—Yo no estoy jugando con mis puertos, señor Ivanova. Pero su hija sí pretende jugar con mi vida y la de mi familia como si fuéramos un maldit







