Josefina Salas
Durante los cuatro años de universidad, al inicio y al final de cada semestre, Gael Montenegro compraba los boletos de tren para mí y para mi mejor amiga, Micaela Rojas.
Siempre decía que los había comprado demasiado tarde y que por eso nunca había conseguido tres asientos juntos. En cuanto recibíamos los boletos, Micaela lo regañaba en nuestro grupo de chat:
—Gael, ¿se puede ser más inútil? Compraste tres boletos y acabamos en tres vagones distintos. La próxima vez, aunque tengas que viajar de pie, te quedas al lado de Luciana. Si no, yo misma voy a hacerte pagar.
Él le respondía de inmediato:
—¿Y tú quién eres para decirme qué hacer? Aunque tuviera que pasar todo el viaje de pie junto a Luciana, no sería asunto tuyo.
Yo les creí.
Incluso aquella vez que pasé seis horas sola en clase económica, con fiebre y llamándolo más de diez veces en plena noche sin que contestara, pensé que se había quedado dormido en otro vagón.
Todo cambió durante el viaje de fin de carrera, cuando un pasajero me pidió que intercambiáramos asientos. Me abrí paso por los vagones hasta el lugar que me había cedido y encontré a Micaela con mi abrigo puesto y la cabeza apoyada en el hombro de Gael, mientras ambos compartían un par de audífonos.
Al verme, Gael solo se quitó uno de los audífonos y se enderezó.
—Antes de que digas algo, siempre hemos respetado los límites. Te lo oculté porque sabía que te pondrías nerviosa si descubrías que íbamos a pasar seis horas sentados juntos.
Micaela dio unas palmaditas en el asiento a su lado.
—Soy tu mejor amiga. ¿No prefieres que sea yo quien se asegure de que tu novio respete los límites, en vez de que viaje junto a una desconocida?
En ese momento, una empleada del tren se acercó sonriendo y les entregó dos etiquetas de equipaje a juego, pensadas para parejas.
—El sistema muestra que, durante los últimos cuatro años, viajaron juntos dieciséis veces y siempre tuvieron asientos contiguos. Por eso quisimos darles este recuerdo.
Solo después de decirlo reparó en mí. Consultó de nuevo los datos de la reserva y preguntó:
—¿Ella también es amiga de ustedes? Veo que su boleto forma parte de la misma reserva. Qué curioso… En cada reserva de tres boletos, a ella le tocó sentarse sola.
El vagón quedó en silencio. Al ver que Gael evitaba mi mirada, por fin lo entendí.
Ellos jamás habían viajado separados.