Bellefort
Tres días antes de mi boda, descubrí que Shane Dawson había cambiado el lugar de la ceremonia. En vez de celebrarla en la casa de la abuela Mae, en el sur, la trasladó al Castillo del Sol, un castillo de estilo gótico que Tania Collins, su amor de la infancia, adoraba.
Fui a pedirle una explicación, pero antes de entrar lo escuché quejarse con un amigo.
—Menos mal que Tania tiene buen gusto. De lo contrario, se habrían burlado de mí toda la vida.
Su amigo le recordó:
—¿No le prometiste que la boda sería en la casa de su abuela? ¿No te preocupa que se enfade y se niegue a casarse contigo?
Shane soltó una risa orgullosa.
—Los Quinn están al borde de la quiebra. Casarse conmigo es la única salida que le queda. No puede darse el lujo de arriesgarse. Ya le pedí al organizador de la boda que la llamara. Seguro que ahora mismo anda desesperada intentando cambiar su vuelo.
La rabia y la humillación me consumían por dentro. Me mordí el labio y, al final, di media vuelta y me fui.
Tres días después, la boda en el castillo se celebró como estaba previsto. Pero yo no cambié mi vuelo. No aparecí.
En lugar de eso, en el viejo patio de la casa de la abuela Mae, intercambié anillos con otro hombre.
Hasta el día de hoy, Shane sigue sin entenderlo. Yo nunca acepté casarme con él porque fuera mi única salida. Acepté porque lo amé durante diez años.
Pero, cuando ese sueño llegó a su fin, también llegó el momento de elegir un camino diferente.