PAPÁ Y YO 1
Permanece inmóvil un largo momento, hundido hasta la empuñadura, frente contra frente, nuestros alientos mezclados, nuestros corazones golpeando uno contra otro a través de nuestras cajas torácicas.
Luego se mueve. Un ritmo lento, profundo, casi meditativo. No es el sexo salvaje de la posesión, no es el asalto brutal del castigo o de la recuperación del control. Es un acto de amor puro, una plegaria a dos, una comunión de carne y alma. Sus labios no abandonan los míos, bebe cada uno de mis gemidos, yo bebo cada uno de sus alientos. Sus manos no arañan, no aprietan — acarician, mecen, veneran.