UNA CHICA CON MALA SUERTE
Y, sabiendo de qué dependía su oportunidad, aunque hubiese salido de una chica ebria, él viajaría tres horas, con el mariachi que ella pedía, en la maletera de una camioneta.
**
Los ojos de la chica se llenaron de lágrimas, y no precisamente por la emoción, sino por el terrible dolor de cabeza que le estaban provocando las guitarras, violines y trompetas que sonaban, igual que las voces de los mariachis, a todo pulmón.
—Este idiota no solo quiere romper mi corazón de nuevo —se quejó la joven, pataleando en la cama—, también quiere destrozarme la cabeza.