Sufrida
Córrete, ¡joder, córrete!
Y con su orden llega mi rendición.
Exploto a su alrededor, con un grito desgarrador que retumba dentro del espacio reducido. Los temblores de mi cuerpo llegan y ruedo mis ojos, presa del placer que estoy sintiendo. Un segundo después, siento como su miembro se tensa dentro de mí, justo antes de que sienta la presión de su eyaculación contra mi piel sensible, a pesar de que el preservativo es una barrera entre nosotros. El pinchazo de su último movimiento, más profundo de lo que antes llegó, alarga mi orgasmo por otros deliciosos segundos, en los que somos uno solo.