La ofrenda
Tanta era la fascinación ciega que no le importó, moriría feliz viendo aquel ojo violeta.
—Copero, espérame en mis aposentos.
La firme orden del rey le llegó como una bendición que rompió el encantamiento del ojo m4ldito, liberándolo y salvando así su vida.
Una vez a solas, el mensajero comenzó su relato. Le contó al monarca que, efectivamente, el rey de los Tarkuts, que se creía muerto por todos, había regresado de un día para otro, aunque nadie sabía de donde y que había ido a buscar a los aldeanos que habitaban cerca de las fronteras. Entre ellos se rumoreaba que el rey había regresado muy débil, presumiblemente por hallarse en cautiverio.