Me flipa la forma en que 'Hotel Transylvania' usa al hombre invisible: no es solo un cameo para llenar pantalla, sino un ingrediente que aporta ritmo, guiños y sentido del mundo. En la película lo vemos como Griffin, un tipo que por su condición de invisible trae chistes visuales y malentendidos constantes, y eso ayuda a aligerar escenas tensas. Además, su presencia es un homenaje directo a la tradición de monstruos clásicos —viene de la novela y la película de 'The Invisible Man'— y encaja perfectamente en el hotel de Drac, donde cada huésped es un estereotipo juguetón que la franquicia explota con cariño.
Desde mi punto de vista más fanático, Griffin funciona en varios niveles: es comedia física (ropa que flota, lentes que se mueven solos), es un recurso narrativo (puede escuchar o hacer cosas sin ser visto, lo que provoca revelaciones y equívocos) y es parte del worldbuilding. Cuando presentas un universo poblado por vampiros, momias, hombres lobo y momias, incluir a quien no puede verse subraya la variedad y permite escenas visuales únicas que solo una animación permite. Además, actores con personalidad cómica suelen ponerle voz, así que la interpretación refuerza la chispa.
También me gusta pensar que hay un subtexto: ser invisible en un lugar para monstruos puede representar sentirse fuera de lugar aún entre los tuyos. Ver cómo los demás interactúan con él y cómo él reacciona añade una capa humana a la gag-comedia. En resumen, aparece porque suma humor, referencias culturales, posibilidades visuales y cierta ternura; es una mezcla que siempre me hace sonreír cuando revisito 'Hotel Transylvania'.