La ofrenda
Campamento de los Tarkuts
Furr estaba sentado en su lecho, en completo silencio. El era un Tarkut, un amo del silencio, pero su furia incontenible lo alejaba bastante de su naturaleza. Los gritos, m4ldiciones, gruñidos, quejas y demás vociferaciones eran tan propias de él como la luz le pertenecía al sol. Y ahora, el sol estaba oscuro.
Mel, postrada ante él, le repartía besos por todo el rostro.