EL RECLAMO DEL ALFA DE SANGRE
Verlo allí, bajo la luz dorada de la tarde, todavía me roba el aliento, provocando un revuelo en mi pecho que ninguna corona de oro podrá igualar.
El Alfa, para mi total disfrute, no lleva su túnica. Su torso desnudo, marcado por las cicatrices de la guerra —unas viejas y otras recientes, de la que libramos juntos—, es un mapa de nuestra supervivencia. Sus músculos se tensan y se relajan con una fluidez depredadora mientras corrige la postura de un joven lobo; sin embargo, hay una serenidad nueva en él, una calma que antes de mi llegada era impensable. La bestia sigue ahí, la siento acechar bajo su piel, pero ahora camina de la mano con el hombre en una armonía perfecta. Bueno, casi perfect