El Precio de Perderte
He invertido demasiado en este resultado como para verte echarlo a perder ahora.
Luna salió por las mismas puertas de la terraza por las que la habían hecho pasar, con el sol de la mañana brillante e inclemente arriba, y mientras cruzaba el césped impecable hacia su auto, se encontró ensayando ya la velada que tenía por delante: la suavidad que llevaría como armadura, la paciencia que interpretaría como una vigilia, la devoción silenciosa y firme que no diría nada, no exigiría nada y, simplemente, de forma implacable, permanecería.
En algún lugar detrás de ella, en una casa sobre la que no tenía ningún derecho y que pretendía, de una forma u otra, hacer finalmente suya, Miguel Carrasco estab